20 de octubre de 2009

ESPUMA DE MAR CAPÍTULO VI, CONTINUACIÓN

Los truenos sonaban cada vez más cercanos y Jacinta se pasó todo el camino hasta el pueblo santiguándose cada vez que un relámpago cruzaba ante nosotros. El cielo se oscurecía por momentos y papá tuvo que encender las luces, a pesar de que en el reloj eran sólo las siete de la tarde. Ella, antes de bajar del coche, tuvo un último intento por hacer desistir a papá en su empeño.

-Por favor, señor. Métase en casa con la niña. No vayan a la playa. Por lo que más quiera. -Insistía, juntando las manos. Hasta que un relámpago de los gordos iluminó la calle, obligándola a refugiarse en el interior de la vivienda con los ojos abiertos como farolas.

Papá me sonrió con complicidad. -¡Al fin solos, pequeña! Vámonos a disfrutar de una tormenta de las de verdad.

Recorrimos varias calas en busca de una que ofreciese una mínima protección de la lluvia que ya había empezado a caer con fuerza. Un saliente en las rocas formaba una especie de mirador recogido frente a la panorámica del mar. Nos guarecimos bajo su techo y nos dispusimos a extasiarnos ante el bello espectáculo de relámpagos y truenos que cada vez cobraba mayor intensidad. Me parecía un juego el que se traían las olas unidas a la tormenta que iba en aumento. Cuanto más luminosos eran los relámpagos, más intenso era el estruendo de los truenos y mayor el fragor de las olas. Allí, a cubierto del agua, con mi padre al lado comentando las mejores jugadas, me sentía la niña más feliz del mundo. Mucho mejor que un parque de atracciones, pensé, y me agarré fuertemente a su mano porque, aunque me lo estaba pasando de película, justo es reconocer que la tormenta impresionaba lo suyo.

Hacía ya más de una hora que diluviaba y aquello parecía no tener fin. Una cortina de agua nos impedía, por momentos, divisar el mar que teníamos enfrente. El terreno que conformaba la plataforma, una mezcla de arcilla y canto rodado, se iba desgajando con el aguacero y transformándose en barro que se unía a las olas, con lo que nuestro mirador se reducía por momentos. Papá comenzaba a impacientarse, a pesar de lo mucho que, aseguraba, le gustaban las tormentas.

-Bueno, tendré que reconocerle la razón a Jacinta. Esto no es una tormenta de verano cualquiera -dijo con vocecilla nerviosa-. Creo que lo mejorserá que volvamos hacia el coche. Lo peor es que ya no se ve ni el caminito por donde hemos bajado.

Yo miré hacia arriba, haciendo visera con la mano.

-Papá, es que no se ve porque no está. Se ha deshecho.

-¿Cómo que no está? -respondió mi padre, asustado de verdad- Eso es imposible. Por algún sitio se ha de poder llegar arriba.

-¡No se puede, papá! ¡Tendremos que esperar aquí hasta que deje de llover! -respondí yo a gritos, porque ya el estruendo producido por la tormenta y las olas imposibilitaban la conversación en un tono normal.

-¡Clara, ¿no te das cuenta?, el terreno se desplaza! ¡Pronto nos veremos literalmente con el agua al cuello! -me gritó papá con voz entrecortada por el espanto.

-A mí no me asustan las olas, papá -respondí tranquila.

-¡Pues a mí, sí! ¡Y mucho! ¡El agua nos puede arrastrar mar adentro! ¡Nos ahogaremos! ¿Es que no lo entiendes? ¡Vamos, tenemos que intentar llegar hasta arriba como sea! -Los gritos de mi padre sonaban histéricos a estas alturas.

-El mar no nos hará daño, papá -respondí, intentando tranquilizarle...

15 de octubre de 2009

ESPUMA DE MAR CAPÍTULO VI

Todo volvía a estar en su sitio. Papá cuidando de mí, Jacinta cuidando de los dos y mamá y Lucy lejos, en Barcelona, o Paris, o Milán, daba lo mismo, pero lo suficientemente lejos como para que no peligrase nuestra recién recuperada libertad. Además, Jacinta había aprendido lo suficiente sobre nuestra familia en aquellos días como para ser muy meticulosa a la hora de dar noticias por teléfono. Aunque papá, por si las moscas, desconectaba el móvil cada día a la hora de la siesta, mientras ella limpiaba la cocina y preparaba la cena.

Fueron días magníficos. Por la mañana nadábamos en la playa hasta que nos rugían tanto las tripas de hambre que teníamos que volver corriendo a casa, donde Jacinta nos esperaba sonriente con fuentes enormes de ensalada, pasta, carne empanada o pescados a la parrilla. Luego, mientras papá dormía la siesta, yo me entretenía leyendo los cuentos de “Edelmar” que ahora cobraban un significado mucho más real para mí, si cabe. Por la tarde simulábamos pescar y, cuando devolvíamos a Jacinta a su casa, papá se quedaba tomando un refresco en el bar del pueblo mientras yo visitaba a mi amiga.

Me parecía curioso que mi padre, pasada la primera impresión, no se sintiese atraído por ella. Creo que su efecto era el mismo que producía en el resto del pueblo. Parecía no existir, excepto para mí. Nunca entraba nadie en la tienda. Nunca nos interrumpió persona alguna buscando un artículo de los que había expuestos para la venta. Era como si el recinto de la tienda y su contenido fuesen invisibles para todos. Un día se me ocurrió preguntar a Jacinta por ella y me asombró su respuesta casi tanto como el conocimiento de la verdad.

-¿La tienda de pesca?... Pues, no sé, la verdad. La abrió un marinero viejo, pero muy pronto se puso enfermo y entonces vino esa chica, su sobrina creo. Luego él se murió y ella se quedó en la tienda. Sólo abre en verano y luego, en invierno, se marcha. Vivirá en otro sitio, supongo -fue su respuesta desinteresado sobre el asunto- ¡Ay! ¡Por poco se me queman las patatas! Cuidado, bonita, no te acerques a los fogones que te puedes quemar.

Una tarde el cielo se nubló de repente y se oyó un trueno enorme y largo rugiendo a lo lejos. Yo estaba sentada a la mesa de la cocina merendando, cuando Jacinta pegó un brinco y apareció a mi lado temblando.

-¡Dios mío, la tormenta! -gritó, agarrándose a mi brazo.

-¿Ha sido eso un trueno? -preguntó mi padre, asomando la cara de sueño que traía siempre después de la siesta-. Pues menos mal. Ya iba siendo hora. Este bochornazo no hay quien lo aguante. Un poco de agua refrescará el ambiente.

-¡Ay, señor, no diga eso! -respondió Jacinta, cuyo rostro iba palideciendo por momentos.

-No me dirá que la asustan las tormentas, mujer.- Sonrió papá.

-Usted no sabe lo que es eso aquí, señor. -Decía santiguándose.

-Pues lo mismo que en todas partes. ¿Qué pasa? ¿Que tenemos goteras en palacio? Pues saldremos fuera a contemplarla. ¿Te parece, Clara? -dijo papá guiñándome un ojo.

-¿No pensará salir con la niña si hay tempestad? -gimió Jacinta, escandalizada.

-Pero qué tempestad ni qué... Vamos, ni que estuviésemos veraneando en el Caribe... A ver, cuénteme, ¿qué suculencia nos tiene preparada para cenar hoy, Jacinta? -preguntó papá, cambiando de tema.

Ella pareció dudar ante el giro tan brusco surgido en la conversación. –Pues... Coca salada. Es muy... Muy típica de aquí. Es como una especie de “pisa” de esas que les gustan tanto a los niños. Está a punto para meter en el horno. Y ensalada, que ya está limpia y dentro de un bol en la nevera.

-¡Perfecto! -exclamó papá frotándose las manos–. Entonces, ahora mismito la dejo en su casa, donde usted se sentirá a salvo y la niña y yo nos vamos a la playa a disfrutar del espectáculo.

-Pero... Señor.

-Ni peros ni peras, Jacinta. Y deje de llamarme señor, ¿cuántas veces habré de repetírselo? Ande, mujer, suba al coche y relájese...

13 de octubre de 2009

ESPUMA DE MAR CAPÍTULO V, CONTINUACIÓN

Mamá y Lucy andaban como locas. Habían llamado por teléfono a papá, a la policía y a Antonio, que siempre andaba enterado de todo. Al verme se lanzaron contra mí con los brazos abiertos. Pude esquivar los de Lucy, yendo a parar a los de mamá.

-¡Hija mía! ¿Dónde estabas? Creíamos que te había raptado algún loco -chillaba mamá besuqueándome, mientras me envolvía en sus sofisticadas fragancias-. Hueles a mar. ¿No me dirás que te has ido a la playa tú sola mientras nosotras descansábamos?.

-Esta niña está hecha una salvaje. Ya ves, la dejas tres meses con tu ex y mira lo que encuentras a la vuelta. Una verdadera salvaje -mascullaba Lucy mirándome con ojos de asco.

-He estado con una amiga -respondí. Sabía que si les contaba la verdad, toda su rabia se volvería contra “Edelmar” y era lo último que deseaba ahora que parecían haberse olvidado de ella.

-¿Una amiga? -dijo Lucy- ¿Y qué clase de amigas tienes tú en este pueblucho? ¿Eh?... Contesta niña, que no tenemos todo el día.

-Mejores que las de mi madre -respondí, sin poder evitar el desafío.

-¡Ja!... ¿Has visto Ino? -preguntó Lucy enfurecida– Y encima descarada. Tienes suerte de no ser hija mía, porque ahora mismo te daría una bofetada que te volvería la cara del revés, mocosa -terminó Lucy, marchándose del recibidor escaleras arriba con la barbilla alta y aire ofendido.

-¡Lo que le has dicho a Lucy ha estado muy mal, Clara!. No sé qué voy a hacer contigo. Ando desquiciada de los nervios por culpa del trabajo y tú no me das más que disgustos. Y ahora tendré que consolar a Lucy y dentro de unos días debo entregar los bocetos para la nueva colección. Conseguiréis volverme loca entre todos.- Gritó mamá sollozando y dejándose caer en uno de los sofás, eso sí, en una postura digna de una estrella de Hollywood. Mamá nunca hacía las cosas porque sí.

-Mamá, Papá y yo estamos bien juntos -dije conciliadora. Quería que aquello acabase de una vez y sabía que esa actitud sería la única que convencería a mi madre-. Voy a portarme bien, te lo prometo. Déjame volver con él y tú y Lucy podréis marcharos. No volveremos a coger una barca, te lo prometo.

Mamá sacó un ojo de entre los brazos y me miró.

-¿Seguro que no haréis más tonterías? ¿Os portaréis bien y no me daréis sustos inútiles? -preguntaba secándose las lágrimas por debajo de las pestañas para que no se le corriese el rímel.

-Seguro -respondí, aunque ganas me daban de decirle que no hablase en plural, porque mi padre no era ningún niño y que más valían sustos inútiles que disgustos verdaderos. Pero sabía que con mi madre la ironía no contaba. Nunca lo hubiese entendido. Puse cara de niña buena y la besé en la mejilla-. ¿Puedo meter mi ropa en la bolsa y llamar a papá para que venga a buscarme?

-Está bien -respondió, y ya subía a contarle a Lucy las ultimas novedades, cuando sonó su móvil.- ¿Si?... No te preocupes, Estephan. Esta misma tarde salimos para allá... Sí, si, los tengo casi todos listos... Un momento, cielo... -e interrumpió su conversación para gritarme: -¡Y no te olvides de doblar con cuidado la ropita que te hemos comprado esta mañana. Es lino y se arruga muchísimo!...

¡Ay! Mi madre y sus trapos...

CAPÍTULO VI EN BREVE...

8 de octubre de 2009

RECETAS FÁCILES

Esta es una receta súper fácil para una noche en la que te sientas sola y te apetezca compartir un "bocadito" con alguien.

DEDICADA A RITA (ella sabe por qué...)

PATÉ RÁPIDO DE HIGADITOS DE POLLO

INGREDIENTES:
Sólo necesitas 2 o 3 higaditos de pollo, 1 cebolla, 100grs. de mantequilla, sal, pimienta, una pizca de nuez moscada rallada y 2 cucharaditas de coñac.

PREPARACIÓN:
Pones un cazo con agua al fuego. Cuando hierva le añades los higaditos y la cebolla cortada a trozos. Lo cueces 15 minutos. Luego,lo escurres y le añades el resto de ingredientes. Lo reduces a puré con la batidora, lo metes en un molde bonito y lo guardas en la nevera un par de horas.

Lo acompañas de unas tostadas para untar.

¡Y LISTO! ¡RESULTADO GARANTIZADO!¡A DISFRUTAR!

ESPUMA DE MAR CAPÍTULO V, SIGUIENDO

La casa de mamá y Lucy era muchísimo mayor que la nuestra, pero no tenía encanto. Todo estaba tan ordenado, que parecía dispuesto a la espera de un fotógrafo de revistas de decoración para aparecer en portada. Los sofás eran blancos y no se podía poner los pies en ellos. Con las paredes, cuidado, no poner las manos encima porque se manchaban. La piscina, tres veces mayor que nuestra balsa, siempre estaba a tope de cloro y los ojos escocían, además, prohibido chapotear para no salpicar las hamacas donde mamá y Lucy se tumbaban a coger bronce como posesas durante toda la mañana. De playa, ni hablar, demasiado sucia y llena de gente ruidosa y ordinaria. En resumen, un verdadero rollo.

Además, Lucy se llevó las manos a la cabeza en cuanto vio la ropa que traía en la bolsa. Eran prendas cómodas, pantalones cortos y camisetas. ¿Qué otra cosa se necesita estando de vacaciones?...

-¡Dios mío, Ino! No podemos ir a ningún sitio con la niña vestida así. Parece mentira, con unas colecciones tan ideales como las tuyas y que la niña no tenga ropa decente que ponerse... Habrá que ir de tiendas.

Yo odiaba esta frase. “Ir de tiendas” para Lucy y mamá significaba recorrer todas las boutiques de niños habidas y por haber hasta dar con aquello que ellas consideraban “ideal” y que solía consistir en ropa de adulto aplicada a niños, eso sí, muy “coordinada”, otra de las palabrejas que les encantaba utilizar. Al final, cuando yo me sentía disfrazada de esperpento carnavalesco, era cuando se las oía exclamar:

-¡Divina!...
-¡Monísima!...
-¡Ideal!...
-¡De cine!...

Y, por supuesto, de compras a una gran ciudad, porque en el pueblo no existía una sola tienda de ropa decente para la niña, según ellas. Parecía mentira que vistiesen a los niños como mendigos en vacaciones, decían. Como si los mendigos hiciesen vacaciones, pensaba yo. Pero debía pasar unos días de castigo por no sabía qué pecado cometido y estaba resuelta a cumplirlos sin rechistar.

Tras la comida, en el restaurante más “selecto” que encontramos en el camino de vuelta, siesta de dos horas para que ellas pudiesen descansar, porque la mañana de compras las había dejado agotadas. Yo, aprovechando que ya eran las cinco, me deslicé por la ventana de mi habitación y me fui donde “Edelmar”.
Como siempre, parecía estar esperando mi visita y, como siempre por la tarde, su túnica era naranja, el color del atardecer.

-¿Todo bien, Clara?

-Bueno, más o menos. Estar con mamá y Lucy no es muy divertido, pero no durará muchos días.

-¿Quieres que leamos un poco? -me preguntó, aunque por su sonrisa supe que adivinaba lo que quería pedirle. Ella siempre parecía saber lo que yo estaba pensando.

-Quiero...Quiero que ayudes a papá. Yo sé que tú no eres como los demás. Tú eres mágica y tus poderes...

-No tengo poderes, Clara. No soy ningún hada madrina. Sólo soy lo que soy.

-¿Y qué eres?...

Y me lo contó. Fue una sorpresa para mí. Hubiese podido imaginar que “Edelmar” era cualquier cosa. Una sirena con piernas, un hada sin varita, una bruja buena, todo menos la verdad. Me quedé sin aliento. Ella se rió con una carcajada profunda que parecía salida del mismo fondo del mar. Luego se puso seria por un instante.

-Ahora que lo sabes, deberás prometerme que guardarás el secreto. ¿Lo harás?

-Pues claro. Papá ni siquiera sabe que hablas, así que ya ves.

-Muy bien...¿Decepcionada?

-No, sólo que... No lo esperaba. Pero ahora que lo pienso, creo que podría haberlo adivinado con un poco más de tiempo.

Ella me acarició la cabeza y me abrazó. Su olor a mar me gustaba mucho más que todos los perfumes que poblaban el tocador de mamá y Lucy... ¡Mamá y Lucy!. “Edelmar” no tenía reloj , por supuesto, pero podía imaginar fácilmente que habían transcurrido más de dos horas desde mi llegada a la tienda.

-Me marcho, debe ser ya muy tarde. Adiós, “Edelmar” -de repente me di cuenta que la había llamado por el nombre inventado por papá. Ella cabeceó afirmativamente.

-“Edelmar”. Me gusta mucho. Gracias por darme un nombre tan bonito.

24 de septiembre de 2009

ESPUMA DE MAR CAPÍTULO V CONTINUACIÓN

Mamá y Lucy se las ingeniaron para encontrar una casita en el centro del pueblo donde se instalaron dispuestas a controlar la situación y hasta a cambiar el destino de sus gentes, si nadie se lo impedía. Papá cogió un cabreo descomunal cuando se enteró por mediación de Jacinta, a quien le había llegado la noticia a través de Antonio, el de la inmobiliaria que, cómo no, en cuanto vio la oportunidad les encasquetó una de las casas más caras de que disponía.

Por lo visto, el día de su llegada, habían estado discutiendo largo y tendido hasta que mi padre se hartó y le dijo a mamá que lo suyo había sido un abandono de hogar en toda regla y que no tenía nada que rascar en cuanto a mí. O sea, que ella y su amiga se podían largar con viento fresco y cuanto antes mejor. Eso me lo contó camino a casa tras recogerme de las faldas de “Edelmar”.

Pero yo conocía a mi madre, tan bien como él, y ambos sabíamos que no se daría por vencida tan pronto. Además, instigada por Lucy y sin entender el porqué, se le había despertado un instinto maternal tan súbito que nos hacía temer lo peor.

Todo se complicaba por momentos. Papá entró en una de sus fases de malhumor e incomunicación, de la que sólo salía para ir al pueblo a discutir con mamá. Yo, aprovechando esos viajes, visitaba a “Edelmar”.

Sus cuentos me fascinaban y empezaba a encontrarle gustillo a seguir con su lectura en solitario. Los personajes que ella creaba en mi imaginación tomaban vida y, cuando me encontraba sola, lo cual sucedía a menudo ahora, me sentaba a la sombra de un árbol y al instante me sentía rodeada de toda clase de plantas y animales marinos, con los que podía mantener, al margen de la lectura, conversaciones interminables que me mantenían entretenida durante horas.

Se lo conté a “Edelmar” una tarde y ella, con tranquila sonrisa, me animó a continuar. No así Jacinta, a quien preocupaba enormemente el que yo pasara tantas horas leyendo y hablando sola. Un día se lo contó a papá. Yo volvía hacia la casa, tras pasar toda la tarde metida en la piscina jugando con mis imaginarios compañeros, cuando les oí hablar. Me senté bajo una de las ventanas de la cocina y disparé las antenas.

-Yo sé que el señor anda con problemas estos días -decía Jacinta, mientras trasteaba con la cena-. Y no es mi intención meterme donde no me llaman, Dios me guarde, pero la niña no está bien y es mi obligación decírselo. Está como apagada y anda todo el día sola con ese libro hablando al aire. Y como que usted es médico...

-No entiendo nada de niños, Jacinta, lo siento -la interrumpió mi padre- Mi especialidad son las roturas.

-Pues de eso le hablo, señor. La niña y usted andan rotos desde que llegó la señora, y con perdón. Y, ya se que no es cosa mía, pero la niña me tiene muy preocupada. Se lo decía anoche a mi Jose: Esa criaturita necesita que la cuiden, que la distraigan y que la quieran.

-Yo la quiero, Jacinta, aunque a nadie se lo parezca -saltó papá en su defensa- Pero las cosas no son tan simples. A la loca de mi mujer le ha dado ahora por querer pasar unos días con la niña. Como si le importase un pimiento. Y cuando sienta que se ha lavado la conciencia, se largará otra vez y si te he visto no me acuerdo. No sé ni cómo decírselo a Clara.

-Los niños entienden, señor. Lleve a la niña con su madre, eso no se lo puede negar. Y luego, si la señora se queda tranquila con eso, se irá como vino y ustedes a seguir gozando de las vacaciones tan ricamente -apostilló Jacinta.

-Ojalá fuese todo tan sencillo. Pero sí, algo habrá que hacer. Me la llevaré un rato a la playa antes que se haga de noche y hablaré con ella -concluyó papá.

Yo me fui corriendo hasta la piscina y ya hacía como que regresaba a la casa, cuando salió papá con las cañas de pescar.

-Venga, Clara, vámonos un ratito a tirar unos cuantos anzuelos al mar. ¿Te parece?-. Cada día me gustaba más mi padre. No decía nunca cosas sin sentido como los demás. Otro me hubiese invitado a pescar, pero papá sabía tan bien como yo, que nuestras intentonas siempre resultaban fallidas y lo único que conseguíamos era distraer a los peces con las mosquitas de colores que comprábamos en la tienda de “Edelmar”.

Sentados cerca de la orilla, admirábamos un horizonte apastelado, teñido de nubes celestes y rosas a las que la puesta de sol en las montañas prestaba colores cambiantes con su reflejo. Papá no sabía por dónde empezar y yo, compadecida, decidí prestarle ayuda.

-Papá, si me voy donde mamá y Lucy un día o dos, ellas se cansarán pronto y se marcharán. A mí no me importa, de verdad -le dije, apoyando mi cabeza en su brazo.
-Hija mía, no sé de dónde has salido tú tan cuerda con el par de locos irresponsables que tienes por padres -contestó él besándome el pelo-. A menudo pienso en todo lo que me he perdido en estos siete años. No te merecemos, ni tu madre ni yo.

La luz del día se iba apagando lentamente cuando, de repente, apareció una luna roja y redonda a nuestra izquierda, cerca del pueblo.

-¡Mira, papá, la luna se está quemando! -exclamé, asustada.

-No, hija, no. Es por el reflejo del sol... Hermoso, ¿verdad?. Anda, vamos a recoger, que hoy los peces ya han jugado bastante. En cuanto lleguemos a casa llamaré a tu madre y le diré que mañana te llevo con ella. A ver si acabamos con esto cuanto antes -dijo él tomándome por los hombros.

Antes de abandonar la playa, eché una ojeada en dirección al pueblo. Allí estaba “Edelmar”, cerca de la orilla, con una túnica del color de la noche mezclándose con la espuma. La saludé con la mano y ella respondió a mi saludo y, aunque era imposible distinguir su rostro en la lejanía, estaba segura que en su boca se dibujaba una sonrisa que me estaba destinada.

CONTINUARÁ...

29 de julio de 2009

ESPUMA DE MAR CAPÍTULO V

La llegada de mamá significó, en muchos aspectos, el fin de la tranquilidad que tanto nos había costado forjar a mi padre, a Jacinta y a mí. La mañana de aquel día comenzó a las ocho con una llamada telefónica. Mamá adoraba los móviles y no iba a ningún sitio, pero ninguno, y con eso entiéndanse los lugares más íntimos e inverosímiles, sin él. Y no lo llevaba como quien pasea un objeto necesario para ciertos momentos. No. Ella siempre estaba colgada del aparatejo, para bien o para mal.

Total, que a las ocho sonó el móvil de papá para anunciarnos que Lucy y ella habían llegado al pueblo y que nos esperaban en el Bar Paradiso para desayunar. Papá me miró poniendo los ojos en blanco. Yo decidí adoptar la postura “niña-boba-sorda-muda”, que era la que hasta el momento me funcionaba mejor en circunstancias como aquella. Y, después de lavarnos y asearnos, enfilamos en el coche hacia el pueblo.

Los pocos turistas que andaban a tan intempestivas horas por la calle, llevaban todavía las legañas colgando, aunque las escondiesen tras las enormes páginas de la prensa matutina. Mamá y su inseparable Lucy habían hecho colocar una mesa estratégicamente; o no conocía yo a mi madre, para visualizar hasta el más mínimo detalle lo que sucediese a diestro y siniestro de ellas, es decir, todo. Al vernos, mamá corrió hacia mi con los brazos abiertos, como la protagonista de Kramer contra Kramer después del juicio.

-Mi niña, mi pequeñita. ¿Estás bien? ¿Cómo te encuentras? ¿Habéis ido al médico? ¿Le han hecho un chequeo a fondo? No, claro, ni se te habrá ocurrido tal cosa -dijo, cambiando de dirección y dirigiéndose a mi padre-. Por supuesto ni se te habrá pasado por la imaginación que la niña pueda tener todavía agua en los pulmones, una intoxicación por algas o, qué sé yo, cualquier cosa peor...

-No dramatices, Ino, que la niña está mejor que nunca. Y lo de ayer no fue nada grave -respondió mi padre, dejándose caer en una de las sillas y frotándose los ojos mientras se quitaba las gafas de sol.

-¡Ja! ¡Nada grave dice! -soltó mamá, mirando a Lucy en busca de una complicidad que la otra le devolvió arqueando las pobladas cejas-. Mira, Andrés, tú y yo tenemos que hablar y muy seriamente...

-Todo lo que se podía hablar se habló en su momento -interrumpió papá. -La niña se queda conmigo y tú te vas a vivir con la bollera esta. Y no hay más que decir. El resto que lo decidan los abogados, que para eso cobran.

-¡Oye, guapo!. ¡A mí no me insultes! -dijo Lucy, levantándose y apartando la silla de un manotazo, mientras se enrollaba las mangas del largo blusón.

-Tú te callas, que a ti nadie te ha preguntado. Este es un asunto entre mi mujer y yo... -en ese momento papá se interrumpió. “Edelmar” cruzaba la calle en dirección a nosotros. Mamá se dio la vuelta y se la quedó mirando con los ojos y la boca abiertos como platos, mientras Lucy le daba un repaso de pies a cabeza. Ella, sin inmutarse, recogió su larga túnica blanca para subir la acera y se acercó a mí depositando un beso en mi mejilla. Me acarició la cabeza, como sólo ella sabía hacerlo y saludó a mi padre con la mirada, alejándose hacia la tienda con aquellos andares flotantes tan suyos.

-¡Ajá!... -dijo mi madre- ¿O sea, que era esto?...

-¿Esto, qué?... -respondió papá descolocado por un momento, porque “Edelmar”, a plena luz del día, resultaba espectacular, dicho sea de paso. Y su llegada, así como su actuación, habían sido dignas de un aplauso merecidísimo.

-¡Esto era lo que ayer te mantuvo alejado del cuidado y la atención que le debías prestar a tu hija! ¡Esto era lo que te atraía tanto en este pueblucho de mierda, cuando a ti nunca te ha gustado el mar! ¡Esto y no... -aquí su discurso fue interrumpió por el sonido del móvil que, además de la musiquita correspondiente, empezó a moverse por la mesa como un moscardón patas arriba-. Un momento... -dijo, mientras descolgaba y cruzaba la acera, asintiendo y cabeceando mientras hablaba.

Papá se alejó hacia el interior del local, ya refrigerado de buena mañana, mientras yo le seguía unos pasos atrás. Todo antes que sentarme al lado de Lucy. Me subí a un taburete, frente al de mi padre, y los dos nos quedamos mirando sin saber qué decir. Él habló primero.

-Lo siento, hija. Se nos han jodido las vacaciones.

-Pero ¿por qué, papá? -dije yo, que entendía la visita de mi madre y de Lucy como algo pasajero. Total, uno o dos días de broncas y luego a seguir tan ricamente los dos.

-Porque tu madre no se largará de aquí después de haber visto a “Edelmar”.

-Pero si ella no ha hecho nada.

-Ni yo tampoco, no te jode. Pero a tu madre ya no habrá quien le quite la idea de la cabeza. Que para eso trae refuerzos, con la foca esa pegada todo el santo día a su espalda como el caparazón de una tortuga Ninja.

-¿Puedo irme un ratito donde “Edelmar”? -pregunté, viendo que tal como pintaban las cosas el conflicto iba para largo.

-Sí, hija, si. Anda, vete. Que con uno que sufra ya es suficiente.

Al salir del bar distinguí a mi madre todavía enfrascada en conversación con el móvil. Lucy se giró al oír mis pasos, y ya parecía que iba a decirme algo, cuando yo me escabullí corriendo calle arriba hacia la tienda de mi amiga.

Esta vez no elegí el taburete que me tenía destinado. Me encaramé a sus rodillas y me abracé a ella, aspirando su aroma a mar, tan suave de buena mañana.

-Me gustaría que las cosas fuesen de otra manera –dije- Me gustaría que tú fueses... -Ella no me dejó continuar, poniendo uno de sus largos dedos sobre mis labios.

-Shst. Las cosas están bien tal como son. No quieras cambiarlas, mi niña. Nadie debe hacerlo.

-Pero es que yo estoy tan bien aquí, contigo. Y a papá le gustas mucho, lo sé.

-A mí también me gustáis mucho los dos. Pero dentro de unos días os marcharéis y yo deberé seguir aquí.

-¿Por qué? Puedes venirte con nosotros. Papá gana mucho dinero y tenemos un piso muy grande y yo...

-Mi lugar está aquí, Clara -concluyó, besándome la frente- ¿Quieres que leamos un rato?

-Vale, pero...

-Empiezo yo, ya lo sé -respondió sonriendo y tomando el libro mientras yo me convertía en un ovillo entre sus piernas... CONTINUARÁ