3 de diciembre de 2010

NAVIDAD DE NUEVO...

VAYA, VAYA, VAYA, ha pasado casi un año y yo sin enterarme. Esto no puede ser. Habrá que remediarlo... La verdad es que, como dice la canción que me enseñaron mis nietos (hay que cantarla con la melodía típica del CUMPLEAÑOS FELIZ):

EL TEMPS PASA VOLANT
ELS PETITS ES FAN GRANS
SEMBLA AHIR QUE VAS NÈIXER
I JA TENS.... ANYS!

Total, que con las estaciones lo mismo. No te das cuenta, recuperas el blog que parece que abandonaste hace apenas un par de semanas, y ¡hete aquí que ha pasado un año!

En fin, como estos días ya ando con la cabeza puesta en la Navidad, propongo que si alguien necesita recetas o ideas fáciles para las fiestas, que me las pida sin miedo y sin vergüenza, y yo le ayudaré en lo que buenamente pueda.

De entrada, os facilito unas cuantas ideas "robadas" de aquí y allá, pero tengo más, así que no os cortéis:

BARQUITAS DE ENDIVIA RELLENAS DE CANGREJO
ROLLITOS DE SALMÓN CON PHILADELPHIA
TARTALETAS DE MORCILLA Y MANZANA
FOIE CON HIGOS
BOCADITOS DE BACALAO AHUMADO Y CEBOLLA CARAMELIZADA
PIRULETAS DE CHERRY
CANUTILLOS CRUJIENTES DE SOBRASADA CON MIEL...


¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡FELICES FIESTAS A TODOS/AS!!!!!!!!!!!!!!!!!!

26 de abril de 2010

¡POR FIN, QUÉ ALEGRÍA!

¿Os habéis dado cuenta de que ha regresado la Primavera como cada año? Ahora pensaréis que me he vuelto loca, pero no. Bueno, a lo mejor un poquito pero ¿qué sería de nosotros sin esos gramos de locura que nos atacan de vez en cuando? ¿No os parece un milagro el que la Naturaleza obedezca nuestros deseos y los repita año tras año? ¿Qué ocurriría si, por una sola vez, se olvidase de cumplir con las estaciones? Tras el crudo invierno, la nada... No asistir al bellísimo espectáculo de los árboles florecidos, del trino de los pajarillos recién nacidos, del olor de la tierra caliente o de la luz que nos es regalada con cada rayo de sol... Cuidemos lo que tenemos, no permitamos que nuestro egoísmo altere aquello que nos colma de tanta hermosura y satisfacción. Mimemos el planeta día a día, minuto a minuto y segundo a segundo, tal y como él lo hace con nosotros.

9 de diciembre de 2009

RECETAS EN INVIERNO

¿Hay algo más cálido y que dé mayor seguridad que una chimenea encendida una tarde cualquiera de un mes de diciembre?... No busquemos la suerte en la lotería, porque ya nos ha tocado. A todos los que nacimos blancos, en una ciudad segura, con un plato de comida en la mesa y una chimenea ante la que calentarnos rodeados de amigos y familia, nos tocó la lotería nada más nacer y es un atentado contra la decencia buscar más suerte que la que ya poseemos. Feliz Navidad a todos y ojalá llegue el día en que ese "TODOS" abarque, de verdad, a todo el mundo.

24 de noviembre de 2009

ESPUMA DE MAR CAPÍTULO VI Y ÚLTIMO

Empujé el portón de madera que, felizmente, cedió.
“Edelmar”, contra su costumbre, vestía una túnica gris con destellos plateados que jamás le había visto antes, aunque recordé que tenía el mismo color del mar aquel día. Claro, no podía ser de otra forma. Sentada en su mecedora, me recibió con una ancha sonrisa.

-Buenos días, Clara.

-Hola. ¿Qué te pasó ayer? Te busqué, pero no estabas.

-Un amigo muy querido se dañó contra las rocas y tuve que acudir a lamerle las heridas.

-¿Está bien ahora?

-Perfectamente. ¿Y tú?

-Un poco triste. Volvemos a casa y ya no podré venir a hablar contigo, ni me leerás más cuentos, ni me contarás esas historias tan bonitas que sabes.

“Edelmar” me tomó de la mano y me sentó en su regazo, acariciándome con suavidad mientras hablaba.

-Siempre podrás hablar conmigo. Donde haya mar, allí estaré. Y tú sabes lo que ocurre cuando lees. La magia de los cuentos es infinita. Nunca dejes de leer, ahora que ya sabes cómo hacerlo. En cuanto a las historias, creo que con el tiempo tú misma aprenderás a contarlas. Escríbelas y yo las leeré a los niños que entren en la tienda.

-¿De verdad? Eso sería fantástico.

La abracé y hundí mi cabeza en sus salados cabellos. Ella me besó y así permanecimos hasta que papá vino a buscarme.


EPÍLOGO

Durante el camino de regreso a casa pensé mucho en las últimas palabras de “Edelmar”. Y seguí pensando en ellas en los años que siguieron.

Mamá se cansó pronto de Lucy y, aunque no volvió jamás a vivir con nosotros, nos veíamos con frecuencia durante el año, siempre que sus colecciones se lo permitían, por supuesto. Papá y yo aprendimos a querernos y respetarnos el uno al otro a partir de aquel verano tan especial. En cuanto a mí, procuraba acercarme siempre que podía al mar, aunque las canguros protestasen y permaneciesen despotricando medio muertas de frío, envueltas en abrigos y largas bufandas durante el invierno.

Leí muchísimo aquel año y los que siguieron. Y empecé a escribir. Al principio con timidez, sin atreverme a prestar a nadie mis cuentos para su lectura pero, un día, papá me pidió permiso para leer uno de ellos y al devolvérmelo me abrazó y me animó a seguir. No he dejado de hacerlo desde entonces y él siempre es el primero en darme su opinión, excepto con éste, que guardo oculto en el altillo de mi armario, metido en una hermosa caja de color azul mar.

No puedo descubrir ante nadie un secreto que prometí mantener oculto. Aunque quién sabe, quizá un día “Edelmar” me dé permiso para llevarlo a su tienda y entonces su secreto deje de serlo.

16 de noviembre de 2009

ESPUMA DE MAR CAPÍTULO VI, PENÚLTIMO

A la mañana siguiente, tras el desayuno; mientras papá se iba con Antonio a revisar los desperfectos de la casa y a solucionar el tema de las llaves del coche, yo me acerqué hasta la tienda de “Edelmar”. Me sorprendió encontrarla cerrada, cuando eran ya más de las once y ella siempre abría sus puertas puntualmente. Me empiné sobre los pies y pegué el dedo al timbre que había en un lateral, aunque ya suponía que aquella era una tarea inútil, puesto que “Edelmar” no dormía nunca, ni desayunaba ni hacía todas esas cosas en las que los mortales consumimos nuestro tiempo. Harta de esperar y sin saber qué hacer, decidí acercarme hasta la playa, segura de encontrarla allí.

El mar seguía alborotado y revuelto y sólo unos cuantos bañistas se encontraban tumbados en sus toallas tostándose las pieles. Nadie se atrevía a zambullirse en aquellas aguas enloquecidas. Caminé por la orilla hasta alejarme lo suficiente de cualquiera que pudiese oírme y la llamé, flojito primero y a grandes voces después, al ver que mi llamada no obtenía respuesta. Nada. “Edelmar” parecía haberse esfumado. Disgustada, regresé al pueblo. La tienda seguía cerrada.

Papá estaba aparcando el coche frente a la casa de Jacinta cuando llegué.

-Hola, cariño -dijo él sonriente-. Parece que las cosas se van solucionando. En la maleta tenía el otro juego de llaves del coche y Antonio nos enviará a un par de albañiles que taparán las goteras y arreglarán los desperfectos. ¿Te encuentras mal? Te veo triste.

-“Edelmar”, se ha ido -respondí.

-A lo mejor se le inundó la tienda y anda ocupada, como todos -dijo papá, sin prestarle al asunto mayor importancia.

-No. No es eso. A ella el agua no le afecta.

-¿Ah, no? Pues mira qué bien. Oye, ¿qué tal si tú y yo nos vamos hoy a comer por ahí y esta tarde te llevo al cine? Antonio me ha dicho que hay un multisalas a pocos kilómetros de aquí. ¿Te parece?

Le dije que vale, aunque andaba yo con pocas ganas de alejarme del pueblo. Quería saber qué había sido de mi amiga, pero no tenía a quién preguntar, así que decidí seguir el plan propuesto por mi padre.

En honor a la verdad, he de reconocer que papá y yo nos lo pasamos de maravilla aquel día. A mí el cine me gustaba horrores. En el piso de Barcelona tenía un televisor en mi habitación y me tragaba todas las películas, series y miniseries que daban. Prefería las películas de adultos a las de dibujos animados para niños y, en cuanto mamá se cansó de leerme cuentos por las noches, que fue muy pronto, me encendía el televisor y yo me quedaba tan ricamente en la cama disfrutando de todo lo visible en la pequeña pantalla. Muchas veces me aburría y me quedaba dormida enseguida pero, en cuanto me instalaron el vídeo, ya fui feliz. Me iba con la canguro de turno al video club y alquilaba montones de cintas que dejaban a las vendedoras con la boca abierta.

-Son para tus papás, ¿verdad bonita?- Preguntaban incrédulas.

-No, señora. Son para mí -respondía yo desafiante, mientras ellas interrogaban con los ojos a la canguro que, encogiéndose de hombros, se limitaba a pagar el importe del alquiler. A través de las películas aprendí un montón de cosas sobre el comportamiento humano que, de otra forma, hubiese quedado reducido al simple conocimiento de las escasas personas que me rodeaban.


Aquel día, en los multicines, descubrimos dos películas apetecibles, de modo que decidimos obsequiarnos con una sesión doble. Al salir anochecía y papá me hizo notar cuánto se iban acortando los días. Total, sólo eran las ocho y media.

-Eso significa que nuestras vacaciones están acabando, pequeña. Dentro de unos días recogeremos los bártulos y volveremos a la rutina. ¿Lo has pasado bien este verano con el desastre de tu padre? -preguntó sonriéndome a través del retrovisor.

-Mejor que nunca -respondí acercándome a su asiento y pasando mis brazos alrededor de su cuello–. Y no eres ningún desastre, papá. A mí me gustas mucho. Y a “Edelmar” también.

-¿Ah, si? Pues mira qué bien. Bueno es saber que cuento con dos fans a partir de ahora.

-Papá. ¿A ti te gusta ella? -pregunté. Me parecía increíble que mi padre no estuviese requete-enamorado después de la impresión que le había causado el primer día.

-¿Quién?

-“Edelmar”

-Bueno, es una mujer muy guapa, sí.

-¿Y ya está? ¿Sólo guapa? ¿No la encuentras fascinante, inteligente, misteriosa? -dije, empleando los vocablos que aparecían en las películas y que me encantaba utilizar. Papá soltó una carcajada.

-Hija mía, lo tuyo es de cine, de verdad.

-En serio, papá. ¿Por qué no te gusta... más?

-Supongo que no es mi tipo -respondió él, intentando permanecer serio- Es demasiado... Impresionante... Lejana... No sé, a ratos parece desdibujada, como si estando presente, se deshiciera. Me recuerda a... A la espuma del mar, por ejemplo, que es imposible de retener entre las manos... ¿Comprendes?

-Perfectamente, papá -respondí, satisfecha por tener un padre tan inteligente.

Los albañiles habían tapado las goteras y Jacinta había vuelto a dejar la casa en perfectas condiciones. Pero el día siguiente amaneció nublado y papá leyó en el periódico que se avecinaban fuertes tormentas durante la semana. Estábamos ya a veintisiete de Agosto y decidió que lo mejor sería hacer las maletas y volver a casa por aquello de no pillar caravana el último día. Yo creo que la proximidad de nuevos aguaceros lo tenía asustado. Una vez tuvimos todo recogido, fuimos al pueblo a despedirnos. Yo salí disparada hacia la tienda, mientras papá se acercaba a la inmobiliaria para devolver las llaves.

6 de noviembre de 2009

ESPUMA DE MAR CAPÍTULO VI, ANTEPENÚLTIMO

No podía contar a mi padre el gran secreto. Lo había prometido. Pero yo sabía cosas que él ignoraba y eso hacía que me mantuviese serena mientras él se dejaba las uñas arañando el barro en un intento desesperado por ganar altura, a la vez que yo tiraba de su pantalón hacia abajo, lo que nos asemejaba más a un dibujo animado de los que corren sin moverse del sitio que a un par de personajes en peligro.

En un momento dado, los pies de mi padre resbalaron y, no teniendo donde agarrarse, se deslizó hacia atrás con rapidez entrando limpiamente en el mar. Veía su cabeza subiendo y bajando entre las olas, gritando mi nombre y agitando los brazos como aspas de un molino. Tras contemplarlo durante unos segundos, llegué a la conclusión de que se ahogaría sin remedio y me eché al agua. Pero no conseguía alcanzarle, ni siquiera veía donde se encontraba, porque las olas jugaban conmigo lanzándome de un lado a otro sin permitirme acercarme a él.

Tuve miedo por papá. Tuve miedo de que ella anduviese ocupada en otros asuntos y no acudiese en nuestro auxilio. Miedo de no haber entendido bien lo que me había contado. Miedo de que todo fuese un sueño en mi imaginación. MIEDO, simple y en mayúsculas.

Sólo entonces apareció. Majestuosa. Solemne. Elegante en su túnica azul mar hecha de espuma. Me sonrió y, mirándome a los ojos, alzó los brazos goteantes formados por minúsculas partículas saladas. Los extendió y con ellos abarcó toda la orilla, creando una enorme ola mullida que, sorteando el acantilado, nos depositó a mi padre y a mí en el caminito de la playa, justo al lado del coche. La gran ola se replegó de nuevo, regresando al mar, mientras papá tosía y vomitaba toda el agua que se le había metido en el cuerpo. Luego se quedó tumbado un rato, con los ojos cerrados, intentando recuperar el aliento que tenía atragantado por el susto. La tormenta se iba alejando por momentos y ya casi no llovía.

-Papá, ¿estás bien? -le pregunté.

-Creo que sí -contestó, sentándose en el suelo embarrado y palpándose el cuerpo como si buscase algo perdido por los bolsillos- ¿Y tú? -dijo, reaccionando por fin- ¿Estás bien, pequeña? ¿Cómo te encuentras? ¿Te has roto algo? ¿Has tragado mucho agua? ¿Te has...?

-Estoy mejor que nunca, papá -respondí, cortando el manantial de preguntas que acudían a la mente de mi padre a medida que se recuperaba- ¿La has visto?-

-¿A quién?... No me digas que había alguien más ahogándose con nosotros...

-No. Me refería a... -me interrumpí a tiempo. No podía compartir con él el secreto, a menos que hubiese sido tan testigo como yo de lo que había sucedido. Intenté disimular– ...Bueno, me refería a esa ola enorme que nos ha subido hasta aquí.

-No, hija, no. Lo único que veía era tu cabecita en el agua, pero no podía alcanzarte. Y luego, ya no recuerdo nada más. Ha sido como aquel día en la barca... Como si... En fin, espero que esta vez tu madre no se entere. Ni se te ocurra comentar nada de esto con Jacinta, aunque... -Se interrumpió y volvió a palparse, esta vez sí en busca de algo concreto- ¡Mierda! ¡Las llaves del coche! ¡Las he perdido!

-Bueno, pues volveremos andando. Ahora ya no llueve -contesté.

No entendía por qué los adultos se preocupaban tanto por cosas tan simples.

Tardamos más de una hora en llegar a casa. Los caminos estaban tan embarrados que nuestros pies se hundían en el suelo a cada paso. Un montón de árboles habían caído y, las ramas de algunos de ellos, habían perforado los invernaderos donde los payeses del lugar cultivaban verduras que luego vendían en el mercado. Lo poco que apreciábamos en la oscuridad de la noche, aparecía destruido. Papá dijo que siempre había que escuchar a los oriundos del lugar y que Jacinta tenía razón. Aquello no había sido una lluvia de verano mediterráneo, sino más bien el resultado de un ciclón tropical.

Una vez en casa que, para nuestro bien, nunca se cerraba con llave, descubrimos nuevos desastres. Para empezar la electricidad no funcionaba y, para cuando dimos con la linterna que papá traía en la maleta, ya éramos conscientes de que el suelo se encontraba cubierto por un palmo de agua. Por suerte, mi padre no se había llevado el móvil consigo con las prisas por devolver a Jacinta a su casa, y éste se encontraba sano y seco en una repisa de su dormitorio. Telefoneamos a Antonio, pero su teléfono comunicaba todo el tiempo. Entonces papá llamó a casa de Jacinta.

-¿Jacinta?... Sí, estamos bien, no se preocupe... Sí, sí, la niña se encuentra estupendamente... De verdad, se lo juro... Oiga, ¿sabe usted dónde para Antonio?... No consigo hablar con él y la casa está inundada... ¡Ah, vaya!... Bueno, no se preocupe... Que no, que no, mujer... Bueno, está bien... Hasta ahora. -Colgó y se me quedó mirando–. El marido de Jacinta viene para aquí en la furgoneta, a recogernos. Dice que hay un montón de apartamentos con problemas y casas inundadas y que Antonio anda de acá para allá como loco. Jacinta ha insistido en que vayamos a su casa a pasar la noche, así que vamos a cambiarnos y a quitarnos como podamos el barro que llevamos encima, porque si no nos comerá a preguntas.

-Lo hará igual -respondí yo.

-Bueno, pues tú chitón y déjame hablar a mí, ¿de acuerdo?

-Vale -dije yo, encogiéndome de hombros.

En casa de Jacinta confirmé mis sospechas. Papá acabó yéndose de la lengua con las hábiles preguntas de ella. Hubiese sido preferible que me dejase hablar a mí. Sabía inventar historias mucho mejores que las suyas.

Todo el pueblo andaba revuelto y a media luz, contó Jacinta. Después de la cena nos acomodó en el desván que, como había sido construido por su marido, dijo, era capaz de aguantar la tempestad más fuerte sin que una sola gota se colase entre las tejas y en el que ella tenía habilitada una habitación para cuando el pueblo se llenaba de turistas y a Antonio se le agotaban los alojamientos.

Papá se durmió en seguida. Lo notaba por los ronquidos que soltaba como una prolongación de los truenos de la tarde. Yo no tenía sueño. Había sido demasiado emocionante lo ocurrido en la playa, y reventaba de ganas de hablar con alguien sobre ello. Pero sólo podía hacerlo con una persona en todo el pueblo y, esa persona, no estaba disponible para mí a aquellas horas. Ella estaba en el mar, meciéndose con las olas y convirtiéndose en espuma que lamía las piedras y las rocas en un ir y venir sin fin. Imaginando su quehacer en aquellos momentos, cerré los ojos y, casi sin darme cuenta, me quedé dormida.

20 de octubre de 2009

ESPUMA DE MAR CAPÍTULO VI, CONTINUACIÓN

Los truenos sonaban cada vez más cercanos y Jacinta se pasó todo el camino hasta el pueblo santiguándose cada vez que un relámpago cruzaba ante nosotros. El cielo se oscurecía por momentos y papá tuvo que encender las luces, a pesar de que en el reloj eran sólo las siete de la tarde. Ella, antes de bajar del coche, tuvo un último intento por hacer desistir a papá en su empeño.

-Por favor, señor. Métase en casa con la niña. No vayan a la playa. Por lo que más quiera. -Insistía, juntando las manos. Hasta que un relámpago de los gordos iluminó la calle, obligándola a refugiarse en el interior de la vivienda con los ojos abiertos como farolas.

Papá me sonrió con complicidad. -¡Al fin solos, pequeña! Vámonos a disfrutar de una tormenta de las de verdad.

Recorrimos varias calas en busca de una que ofreciese una mínima protección de la lluvia que ya había empezado a caer con fuerza. Un saliente en las rocas formaba una especie de mirador recogido frente a la panorámica del mar. Nos guarecimos bajo su techo y nos dispusimos a extasiarnos ante el bello espectáculo de relámpagos y truenos que cada vez cobraba mayor intensidad. Me parecía un juego el que se traían las olas unidas a la tormenta que iba en aumento. Cuanto más luminosos eran los relámpagos, más intenso era el estruendo de los truenos y mayor el fragor de las olas. Allí, a cubierto del agua, con mi padre al lado comentando las mejores jugadas, me sentía la niña más feliz del mundo. Mucho mejor que un parque de atracciones, pensé, y me agarré fuertemente a su mano porque, aunque me lo estaba pasando de película, justo es reconocer que la tormenta impresionaba lo suyo.

Hacía ya más de una hora que diluviaba y aquello parecía no tener fin. Una cortina de agua nos impedía, por momentos, divisar el mar que teníamos enfrente. El terreno que conformaba la plataforma, una mezcla de arcilla y canto rodado, se iba desgajando con el aguacero y transformándose en barro que se unía a las olas, con lo que nuestro mirador se reducía por momentos. Papá comenzaba a impacientarse, a pesar de lo mucho que, aseguraba, le gustaban las tormentas.

-Bueno, tendré que reconocerle la razón a Jacinta. Esto no es una tormenta de verano cualquiera -dijo con vocecilla nerviosa-. Creo que lo mejorserá que volvamos hacia el coche. Lo peor es que ya no se ve ni el caminito por donde hemos bajado.

Yo miré hacia arriba, haciendo visera con la mano.

-Papá, es que no se ve porque no está. Se ha deshecho.

-¿Cómo que no está? -respondió mi padre, asustado de verdad- Eso es imposible. Por algún sitio se ha de poder llegar arriba.

-¡No se puede, papá! ¡Tendremos que esperar aquí hasta que deje de llover! -respondí yo a gritos, porque ya el estruendo producido por la tormenta y las olas imposibilitaban la conversación en un tono normal.

-¡Clara, ¿no te das cuenta?, el terreno se desplaza! ¡Pronto nos veremos literalmente con el agua al cuello! -me gritó papá con voz entrecortada por el espanto.

-A mí no me asustan las olas, papá -respondí tranquila.

-¡Pues a mí, sí! ¡Y mucho! ¡El agua nos puede arrastrar mar adentro! ¡Nos ahogaremos! ¿Es que no lo entiendes? ¡Vamos, tenemos que intentar llegar hasta arriba como sea! -Los gritos de mi padre sonaban histéricos a estas alturas.

-El mar no nos hará daño, papá -respondí, intentando tranquilizarle...