24 de septiembre de 2009

ESPUMA DE MAR CAPÍTULO V CONTINUACIÓN

Mamá y Lucy se las ingeniaron para encontrar una casita en el centro del pueblo donde se instalaron dispuestas a controlar la situación y hasta a cambiar el destino de sus gentes, si nadie se lo impedía. Papá cogió un cabreo descomunal cuando se enteró por mediación de Jacinta, a quien le había llegado la noticia a través de Antonio, el de la inmobiliaria que, cómo no, en cuanto vio la oportunidad les encasquetó una de las casas más caras de que disponía.

Por lo visto, el día de su llegada, habían estado discutiendo largo y tendido hasta que mi padre se hartó y le dijo a mamá que lo suyo había sido un abandono de hogar en toda regla y que no tenía nada que rascar en cuanto a mí. O sea, que ella y su amiga se podían largar con viento fresco y cuanto antes mejor. Eso me lo contó camino a casa tras recogerme de las faldas de “Edelmar”.

Pero yo conocía a mi madre, tan bien como él, y ambos sabíamos que no se daría por vencida tan pronto. Además, instigada por Lucy y sin entender el porqué, se le había despertado un instinto maternal tan súbito que nos hacía temer lo peor.

Todo se complicaba por momentos. Papá entró en una de sus fases de malhumor e incomunicación, de la que sólo salía para ir al pueblo a discutir con mamá. Yo, aprovechando esos viajes, visitaba a “Edelmar”.

Sus cuentos me fascinaban y empezaba a encontrarle gustillo a seguir con su lectura en solitario. Los personajes que ella creaba en mi imaginación tomaban vida y, cuando me encontraba sola, lo cual sucedía a menudo ahora, me sentaba a la sombra de un árbol y al instante me sentía rodeada de toda clase de plantas y animales marinos, con los que podía mantener, al margen de la lectura, conversaciones interminables que me mantenían entretenida durante horas.

Se lo conté a “Edelmar” una tarde y ella, con tranquila sonrisa, me animó a continuar. No así Jacinta, a quien preocupaba enormemente el que yo pasara tantas horas leyendo y hablando sola. Un día se lo contó a papá. Yo volvía hacia la casa, tras pasar toda la tarde metida en la piscina jugando con mis imaginarios compañeros, cuando les oí hablar. Me senté bajo una de las ventanas de la cocina y disparé las antenas.

-Yo sé que el señor anda con problemas estos días -decía Jacinta, mientras trasteaba con la cena-. Y no es mi intención meterme donde no me llaman, Dios me guarde, pero la niña no está bien y es mi obligación decírselo. Está como apagada y anda todo el día sola con ese libro hablando al aire. Y como que usted es médico...

-No entiendo nada de niños, Jacinta, lo siento -la interrumpió mi padre- Mi especialidad son las roturas.

-Pues de eso le hablo, señor. La niña y usted andan rotos desde que llegó la señora, y con perdón. Y, ya se que no es cosa mía, pero la niña me tiene muy preocupada. Se lo decía anoche a mi Jose: Esa criaturita necesita que la cuiden, que la distraigan y que la quieran.

-Yo la quiero, Jacinta, aunque a nadie se lo parezca -saltó papá en su defensa- Pero las cosas no son tan simples. A la loca de mi mujer le ha dado ahora por querer pasar unos días con la niña. Como si le importase un pimiento. Y cuando sienta que se ha lavado la conciencia, se largará otra vez y si te he visto no me acuerdo. No sé ni cómo decírselo a Clara.

-Los niños entienden, señor. Lleve a la niña con su madre, eso no se lo puede negar. Y luego, si la señora se queda tranquila con eso, se irá como vino y ustedes a seguir gozando de las vacaciones tan ricamente -apostilló Jacinta.

-Ojalá fuese todo tan sencillo. Pero sí, algo habrá que hacer. Me la llevaré un rato a la playa antes que se haga de noche y hablaré con ella -concluyó papá.

Yo me fui corriendo hasta la piscina y ya hacía como que regresaba a la casa, cuando salió papá con las cañas de pescar.

-Venga, Clara, vámonos un ratito a tirar unos cuantos anzuelos al mar. ¿Te parece?-. Cada día me gustaba más mi padre. No decía nunca cosas sin sentido como los demás. Otro me hubiese invitado a pescar, pero papá sabía tan bien como yo, que nuestras intentonas siempre resultaban fallidas y lo único que conseguíamos era distraer a los peces con las mosquitas de colores que comprábamos en la tienda de “Edelmar”.

Sentados cerca de la orilla, admirábamos un horizonte apastelado, teñido de nubes celestes y rosas a las que la puesta de sol en las montañas prestaba colores cambiantes con su reflejo. Papá no sabía por dónde empezar y yo, compadecida, decidí prestarle ayuda.

-Papá, si me voy donde mamá y Lucy un día o dos, ellas se cansarán pronto y se marcharán. A mí no me importa, de verdad -le dije, apoyando mi cabeza en su brazo.
-Hija mía, no sé de dónde has salido tú tan cuerda con el par de locos irresponsables que tienes por padres -contestó él besándome el pelo-. A menudo pienso en todo lo que me he perdido en estos siete años. No te merecemos, ni tu madre ni yo.

La luz del día se iba apagando lentamente cuando, de repente, apareció una luna roja y redonda a nuestra izquierda, cerca del pueblo.

-¡Mira, papá, la luna se está quemando! -exclamé, asustada.

-No, hija, no. Es por el reflejo del sol... Hermoso, ¿verdad?. Anda, vamos a recoger, que hoy los peces ya han jugado bastante. En cuanto lleguemos a casa llamaré a tu madre y le diré que mañana te llevo con ella. A ver si acabamos con esto cuanto antes -dijo él tomándome por los hombros.

Antes de abandonar la playa, eché una ojeada en dirección al pueblo. Allí estaba “Edelmar”, cerca de la orilla, con una túnica del color de la noche mezclándose con la espuma. La saludé con la mano y ella respondió a mi saludo y, aunque era imposible distinguir su rostro en la lejanía, estaba segura que en su boca se dibujaba una sonrisa que me estaba destinada.

CONTINUARÁ...

29 de julio de 2009

ESPUMA DE MAR CAPÍTULO V

La llegada de mamá significó, en muchos aspectos, el fin de la tranquilidad que tanto nos había costado forjar a mi padre, a Jacinta y a mí. La mañana de aquel día comenzó a las ocho con una llamada telefónica. Mamá adoraba los móviles y no iba a ningún sitio, pero ninguno, y con eso entiéndanse los lugares más íntimos e inverosímiles, sin él. Y no lo llevaba como quien pasea un objeto necesario para ciertos momentos. No. Ella siempre estaba colgada del aparatejo, para bien o para mal.

Total, que a las ocho sonó el móvil de papá para anunciarnos que Lucy y ella habían llegado al pueblo y que nos esperaban en el Bar Paradiso para desayunar. Papá me miró poniendo los ojos en blanco. Yo decidí adoptar la postura “niña-boba-sorda-muda”, que era la que hasta el momento me funcionaba mejor en circunstancias como aquella. Y, después de lavarnos y asearnos, enfilamos en el coche hacia el pueblo.

Los pocos turistas que andaban a tan intempestivas horas por la calle, llevaban todavía las legañas colgando, aunque las escondiesen tras las enormes páginas de la prensa matutina. Mamá y su inseparable Lucy habían hecho colocar una mesa estratégicamente; o no conocía yo a mi madre, para visualizar hasta el más mínimo detalle lo que sucediese a diestro y siniestro de ellas, es decir, todo. Al vernos, mamá corrió hacia mi con los brazos abiertos, como la protagonista de Kramer contra Kramer después del juicio.

-Mi niña, mi pequeñita. ¿Estás bien? ¿Cómo te encuentras? ¿Habéis ido al médico? ¿Le han hecho un chequeo a fondo? No, claro, ni se te habrá ocurrido tal cosa -dijo, cambiando de dirección y dirigiéndose a mi padre-. Por supuesto ni se te habrá pasado por la imaginación que la niña pueda tener todavía agua en los pulmones, una intoxicación por algas o, qué sé yo, cualquier cosa peor...

-No dramatices, Ino, que la niña está mejor que nunca. Y lo de ayer no fue nada grave -respondió mi padre, dejándose caer en una de las sillas y frotándose los ojos mientras se quitaba las gafas de sol.

-¡Ja! ¡Nada grave dice! -soltó mamá, mirando a Lucy en busca de una complicidad que la otra le devolvió arqueando las pobladas cejas-. Mira, Andrés, tú y yo tenemos que hablar y muy seriamente...

-Todo lo que se podía hablar se habló en su momento -interrumpió papá. -La niña se queda conmigo y tú te vas a vivir con la bollera esta. Y no hay más que decir. El resto que lo decidan los abogados, que para eso cobran.

-¡Oye, guapo!. ¡A mí no me insultes! -dijo Lucy, levantándose y apartando la silla de un manotazo, mientras se enrollaba las mangas del largo blusón.

-Tú te callas, que a ti nadie te ha preguntado. Este es un asunto entre mi mujer y yo... -en ese momento papá se interrumpió. “Edelmar” cruzaba la calle en dirección a nosotros. Mamá se dio la vuelta y se la quedó mirando con los ojos y la boca abiertos como platos, mientras Lucy le daba un repaso de pies a cabeza. Ella, sin inmutarse, recogió su larga túnica blanca para subir la acera y se acercó a mí depositando un beso en mi mejilla. Me acarició la cabeza, como sólo ella sabía hacerlo y saludó a mi padre con la mirada, alejándose hacia la tienda con aquellos andares flotantes tan suyos.

-¡Ajá!... -dijo mi madre- ¿O sea, que era esto?...

-¿Esto, qué?... -respondió papá descolocado por un momento, porque “Edelmar”, a plena luz del día, resultaba espectacular, dicho sea de paso. Y su llegada, así como su actuación, habían sido dignas de un aplauso merecidísimo.

-¡Esto era lo que ayer te mantuvo alejado del cuidado y la atención que le debías prestar a tu hija! ¡Esto era lo que te atraía tanto en este pueblucho de mierda, cuando a ti nunca te ha gustado el mar! ¡Esto y no... -aquí su discurso fue interrumpió por el sonido del móvil que, además de la musiquita correspondiente, empezó a moverse por la mesa como un moscardón patas arriba-. Un momento... -dijo, mientras descolgaba y cruzaba la acera, asintiendo y cabeceando mientras hablaba.

Papá se alejó hacia el interior del local, ya refrigerado de buena mañana, mientras yo le seguía unos pasos atrás. Todo antes que sentarme al lado de Lucy. Me subí a un taburete, frente al de mi padre, y los dos nos quedamos mirando sin saber qué decir. Él habló primero.

-Lo siento, hija. Se nos han jodido las vacaciones.

-Pero ¿por qué, papá? -dije yo, que entendía la visita de mi madre y de Lucy como algo pasajero. Total, uno o dos días de broncas y luego a seguir tan ricamente los dos.

-Porque tu madre no se largará de aquí después de haber visto a “Edelmar”.

-Pero si ella no ha hecho nada.

-Ni yo tampoco, no te jode. Pero a tu madre ya no habrá quien le quite la idea de la cabeza. Que para eso trae refuerzos, con la foca esa pegada todo el santo día a su espalda como el caparazón de una tortuga Ninja.

-¿Puedo irme un ratito donde “Edelmar”? -pregunté, viendo que tal como pintaban las cosas el conflicto iba para largo.

-Sí, hija, si. Anda, vete. Que con uno que sufra ya es suficiente.

Al salir del bar distinguí a mi madre todavía enfrascada en conversación con el móvil. Lucy se giró al oír mis pasos, y ya parecía que iba a decirme algo, cuando yo me escabullí corriendo calle arriba hacia la tienda de mi amiga.

Esta vez no elegí el taburete que me tenía destinado. Me encaramé a sus rodillas y me abracé a ella, aspirando su aroma a mar, tan suave de buena mañana.

-Me gustaría que las cosas fuesen de otra manera –dije- Me gustaría que tú fueses... -Ella no me dejó continuar, poniendo uno de sus largos dedos sobre mis labios.

-Shst. Las cosas están bien tal como son. No quieras cambiarlas, mi niña. Nadie debe hacerlo.

-Pero es que yo estoy tan bien aquí, contigo. Y a papá le gustas mucho, lo sé.

-A mí también me gustáis mucho los dos. Pero dentro de unos días os marcharéis y yo deberé seguir aquí.

-¿Por qué? Puedes venirte con nosotros. Papá gana mucho dinero y tenemos un piso muy grande y yo...

-Mi lugar está aquí, Clara -concluyó, besándome la frente- ¿Quieres que leamos un rato?

-Vale, pero...

-Empiezo yo, ya lo sé -respondió sonriendo y tomando el libro mientras yo me convertía en un ovillo entre sus piernas... CONTINUARÁ

22 de julio de 2009

ESPUMA DE MAR CAPÍTULO IV. Y SEGUIMOS...

Con papá me lo estaba pasando en grande y conocía lo suficiente a mi madre como para saber que, en cuanto llegase, empezarían las discusiones y papá se pondría de mal humor. Y eso en el mejor de los casos. Lo peor sería que me quisiera llevar con ella. Conocía a Lucy, su amiga, y no me caía nada bien. Era una persona horrible, que me miraba como si yo fuese un bicho raro y le decía a mi madre que yo era su “penitencia” y que le tocaría cargar conmigo de por vida, que eso era el resultado de acostarse con un hombre, y un montón de cosas más que yo había escuchado por teléfono una tarde en la que, aburrida, descolgué el inalámbrico. La sola idea de pasar con ella el resto de las vacaciones me llenaba de terror, porque además eran inseparables.

-Sí, hija, sí. Me llamaba desde el aeropuerto de Atenas. Mañana las tenemos aquí -respondió papá, con los hombros encogidos y las cejas tan arrugadas como las puntillas de los huevos fritos de Jacinta.

-Pero si no caben... -solté yo en un intento de impedir que sucediese lo irremediable.

-Claro que no, pero el pueblo está lleno de hotelitos. Menuda es tu madre. Eso no le va a impedir tocarnos las pelotas, que es lo que se propone.

Ojalá le toque la habitación 1015, pensé. Con lo tiquismiquis que es mi madre, allí no aguanta ni dos días.

-Bueno. Yo, si no les importa, me marcho -dijo Jacinta con un hilo de voz, preocupada por la que había liado.

-Venga, que la llevo al pueblo -respondió papá.

-No, por mí no se preocupe, que me voy andando. Que el médico me ha dicho que me conviene andar -dijo ella.

-¿Cómo se va a ir andando hasta el pueblo? Quite, quite, que en el coche es un momento, mujer. Y no le dé más vueltas, que no es culpa suya -respondió mi padre cogiendo las llaves- ¿Te vienes, Clara?

Por supuesto. Me moría de ganas de visitar a “Edelmar” y contarle lo del “naufragio” para ver qué cara ponía.

Cuando llegamos, dejé a papá frente a una horchata doble, y me encaminé hacia mi tienda preferida. Comenzaba a anochecer en el pueblo. Ella, como si me estuviese esperando, se inclinó hacia mí en cuanto entré y me envolvió en un cálido abrazo. Llevaba una túnica azul oscuro y su olor a mar era más intenso que nunca. Sin palabras, me condujo hasta el taburete frente a su mecedora.

-¿Estás bien?- susurró con aquella voz suya tan peculiar.

-Estupendamente. Pero, ¿cómo lo sabes? -respondí sorprendida, pues por el tono de su pregunta me di cuenta de que estaba al tanto de todo.

-Sé todo lo que ocurre en el mar... Es mi vida... ¿Te apetece que leamos un poco? -dijo, abriendo el libro que tenía entre las manos. Era el de siempre, por supuesto. Bueno, después de tanto insistir, ¿por qué no?, pensé.

-Vale, pero empieza tú -le dije.

Y me contó una historia como yo no había oído jamás. Mezclaba pedacitos de lectura y el resto lo hacía de memoria. Sabía dar voz a los peces y a las estrellas de mar. De sus labios me llegaba el sonido de las olas y el silencio de los fondos marinos. Me llevó de la mano más allá de aquella tiendecita de artículos de pesca, para sumergirme en un mundo de misterio y maravilla, que me dejó regusto a sal y ganas de seguir escuchando para el resto de mis días.

La campanilla de la puerta me sobresaltó. Papá avanzaba hacia nosotras, tímidamente, mientras la voz de “Edelmar” se apagaba para dar paso a una ancha sonrisa.

-Clara, tenemos que volver a casa. Ya es muy tarde -dijo, tomándome de la mano y, dirigiéndose a “Edelmar” apuntó: –Espero que la niña no la haya molestado.

Ella inclinó la cabeza, envuelta en aquellos rizos suyos tan espectaculares y, sin dejar de sonreír, se encaminó hacia la puerta.

-Hasta mañana. ¿Puedo volver? -le pregunté.

Edelmar cabeceó con suavidad, afirmando.

Llegué a casa medio dormida, habiendo olvidado por completo las visitas del día siguiente y sin responder a papá cuando me preguntó si, por fin, “Edelmar” hablaba.

21 de julio de 2009

ESPUMA DE MAR CAPÍTULO IV, CONTINUACIÓN

-¡Papá, papá! ¡Despierta! ¡Papá, por favor, levántate! -gritaba yo, asustada. Con fuerza le empujé por los hombros y, cuando estuvo boca arriba, pude observar cómo una sonrisa le curvaba los labios de oreja a oreja, aunque parecía todavía dormido o (no quería pensarlo) ¡MUERTO! Pero me parecía a mí, por las películas, que los muertos no se ríen jamás y eso me tranquilizó. Poco a poco empezó a abrir los ojos y, al verme, dejó de sonreír y se puso en pie de un salto.

-¡Clara, pequeña! ¿Estás bien?

-Creo que sí -respondí.

-No sé qué ha pasado. Te tenía cogida cuando, de repente. te has soltado y, luego... Ha sido todo tan extraño... Como si alguien tirase de mí hacia fuera, con cuidado, con mucho cuidado... Y... No sé... Era tan agradable...

-Como si te abrazasen...

-Exacto... Bueno, está visto que lo nuestro no es la navegación, hija mía. A partir de mañana, nos dedicamos a la pesca y desde la orilla. Anda, vámonos, que por hoy ya hemos tenido bastante.

Al llegar a casa Jacinta nos tenía preparadas un montón de suculencias pero nosotros, con el susto que llevábamos encima, picoteamos un poco y nos fuimos a acostar. A la pobre mujer le contamos por encima la “aventura”, para que entendiese nuestra desgana no como un desprecio, sino como el resultado de una indigestión de agua salada y ella, en su papel de protectora y poniendo unos ojos como platos, nos mandó a la cama con una taza de tila para cada uno.

No escuché el sonido del móvil y papá tampoco, porque tan pronto como nos metimos en la cama, caímos en una especie de limbo del que resucitamos al cabo de tres horas largas. Jacinta, que en vista de lo sucedido, aguardó a que despertáramos para asegurarse de que todo iba bien, nos contó que la “Señora” había llamado y se había quedado muy preocupada al enterarse de lo del “naufragio”.

-Pero, por Dios Jacinta, ¿cómo se le ha ocurrido contárselo? -dijo mi padre escandalizado.

-Pues verá, la “Señora” me preguntó dónde estaban y cuando le dije que durmiendo, se extrañó por la niña, porque a estas horas no es normal, dijo. Y yo le dije, hombre es que después del susto que hemos tenido... Y ella dijo...

-Mire, no me interesa lo que dijo y dijeron -respondió papá, sulfurado- Lo malo es que ella, que no ha llamado en tres meses, lo haya hecho precisamente hoy y que usted le haya contado lo sucedido y, encima, lo haya llamado “naufragio”.

-Es que es lo que ha sido, usted perdone -zanjó Jacinta, haciéndose la ofendida.

-Bueno, vale, vale. No discutamos más. A lo hecho, pecho. Y además... -mi padre no acabó la frase al oír que sonaba el teléfono. –Lo que me temía... ¿Sí?... ¿Diga?... ¿Cómo?... ¿Qué tú, qué?... Ah, no. Ni hablar... ¡Que no, coño, que te quedes donde estás!... -Papá se quedó mirando el teléfono, y luego a nosotras-. Ha colgado, la muy... Y lo que es peor, que se viene para aquí.

-¿Va a venir mamá?- pregunté, con el corazón encogido...

12 de julio de 2009

ESPUMA DE MAR CAPÍTULO IV

Aquella mañana el mar estaba tan tranquilo que parecía una balsa. Pero una peliculilla de burbujas aceitosas, flotando cerca de la orilla, nos decidió a meternos enseguida en la barca y alejarnos un poco para encontrar aguas más limpias. Nos costó un poco pillarle el tranquillo al asunto del despegue pero, poco a poco, conseguimos alejarnos de la orilla casi sin apenas esfuerzo. No soplaba la más ligera brisa y parecía que no nos movíamos del mismo sitio, cuando el cielo se nubló y un golpe de aire inesperado nos disparó a toda marcha hacia el horizonte. Dejamos de ver flotadores, patines y colchones hinchables en pocos segundos para observar, con terror, cómo la parte escarpada de la costa se nos acercaba a toda velocidad. Papá intentaba dominar la barca con los remos, pero la fuerza del viento nos empujaba como si una boca gigantesca soplara sobre una cáscara vacía de nuez en medio de una balsa enorme, jugando con nosotros y llevándonos de acá para allá sin que nuestros esfuerzos sirviesen para algo.

Papá me gritó algo que no entendí, ignoro si debido al ruido de las olas y el viento ó por el susto que llevaba encima. De repente él desapareció de mi vista y un segundo más tarde, sentí que alguien tiraba de mí hacia el agua. Yo sabía nadar, mamá me había inscrito a cuantos cursillos se organizaban en la escuela y hasta había ganado una medalla en las competiciones finales de la escuela, pero aquello no era una piscina apenas agitada por un montón de niños ansiosos por llegar a la meta y salir del agua cuanto antes. Aquello eran olas de verdad y, aunque papá me agarraba con fuerza, mi espanto fue en aumento cuando vi que nuestra barquita se estrellaba contra las rocas y desaparecía descuartizada, tragada por el oleaje.

Ahora nos toca a nosotros, pensé. Abrí la boca para tomar aire pero se me llenó de agua salada. Cada vez que abría la boca me ocurría lo mismo y ya sentía un dolor muy fuerte en el pecho y ganas de vomitar, cuando todo se fundió. No más olas, no más ruido, no más viento. Ni siquiera miedo. Silencio, paz y una sensación de ser tomada en brazos y apartada de aquel espanto. Estaba dormida, mecida por las olas, y lo sabía. El olor a mar me envolvía y las algas me acunaban.

De repente, un resplandor muy fuerte me obligó a abrir los ojos. Lo hice y me encontré tumbada en la arena, lejos de la orilla y con el sol dándome de lleno en la cara. Me incorporé y vi a papá tumbado unos metros más allá, boca abajo. Parecía dormido...

RECETAS FÁCILES

Y todo el mundo se preguntará a santo de qué esta foto para una receta de cocina. Pues bien, como todo tiene una explicación en esta vida, allá va... ¿No os ha ocurrido a menudo el no saber qué hacer un domingo que amanece gris, lluvioso y cargado de malos augurios? Pues yo he dado con la solución... ¡Eh, voilá! ¡Vamos a cocinar! Platos fáciles, apetitosos y alegres. Veréis cómo de este modo os cambia el día y el humor, puesto que no podemos mejorar el clima.

CANELONES DE CALABACÍN
Ingredientes: 1 calabacín, queso de cabra o queso azul, 2 tomates, un puñado de nueces y unas hojas de menta.

Preparación: Cortar el calabacín en láminas finas a lo largo. Pasar por la sartén con poco aceite. Escurrir sobre papel absorbente y colocar en una bandeja solapando las láminas. Pelar y cortar los tomates en trozos pequeños. Lo mismo con el queso. Picar la menta junto con las nueces en un mortero.

Y montar el plato: Colocar todos los ingredientes sobre las láminas de calabacín y enrollar. Salpimentar. Puede presentarse entero o en porciones. El éxito está asegurado de antemano.

¡SUERTE Y A DISFRUTAR!

6 de julio de 2009

ESPUMA DE MAR CAPÍTULO III SIGUIENDO...

Ella rió abiertamente sin emitir ningún sonido, tomó una gran bocanada de aire y lentamente, como si le costase un gran esfuerzo, acercó su boca a mi oído y susurró con una voz extraña, profunda y oscura:

-Los cuentos son el único motivo por el que vale la pena emitir sonidos.

-Pues a mí no me gustan. Prefiero los cómics.

“Edelmar” arrugó la nariz en un cómico gesto y volvió a sonreír. Llenó sus pulmones de aire, nuevamente, y dijo:

-Si quieres podemos leer estos entre las dos. Te gustarán, estoy segura. Puedes venir siempre que quieras. Yo estaré aquí.

-Bueno, se lo diré a papá. Y ahora tengo que marcharme, seguro que ya me estarán buscando. Adiós.

Ella no respondió, devolviéndome el saludo con la mano. Al salir casi choqué con él, que entraba con rostro preocupado.

-¿Se puede saber dónde te habías metido? Hace un buen rato que te busco.

-Estaba aquí.

-Eso ya lo veo. Oye, dejémonos de conversaciones sin sentido. Otro día me avisas cuando pienses marcharte, ¿vale?

-Vale.

No sabía por qué, pero no tenía ganas de contarle a mi padre la novedad que acababa de descubrir. Aunque “Edelmar” no me hubiese pedido que guardase en secreto lo de su voz, de alguna manera me parecía una traición contárselo a alguien, a pesar de que ese alguien fuese un padre recién adquirido. Preferí mantenerme en silencio.

Una vez descargada la compra, papá y yo hinchamos la barquita y nos fuimos a la playa mientras Jacinta, siempre canturreando, se dedicaba a preparar comidas y cenas como una posesa.

CAPÍTULO IV EN LA PRÓXIMA ENTREGA...