19 de junio de 2009

FOTO ESPUMA DE MAR

Esta espuma de mar de Cabo Verde sirvió de inspiración para el cuento, del mismo título, que estoy publicando por partes.

ESPUMA DE MAR... E. DEL MAR... EDELMAR...

Hermoso nombre para una enigmática mujer.

Clara y su padre, recién separado, alquilan una casita cerca del mar en un pueblo de la costa catalana. Allí se encuentran con una mujer de belleza extraña y misteriosa. Para Clara, este descubrimiento cambiará su percepción de las cosas y servirá de acicate para unas vacaciones que amenazaban con resultar aburridas.

16 de junio de 2009

ESPUMA DE MAR CAPÍTULO II Y SIGUE...

..."De vuelta a casa, papá se dedicó a sestear, mientras yo seguía en remojo dentro de la balsa. Si todo seguía como hasta ahora, pensaba mientras observaba el ir y venir imparable de las hormigas al borde del agua, estas vacaciones podrían ser el comienzo de algo desconocido para mí hasta el momento. Por primera vez en mi corta vida, yo parecía existir no sólo como motivo de discordia, sino como ente, como ser humano, y eso me hacía sentir importante y experimentar hacia mi padre un cariño que sentía crecer segundo a segundo.

-¡Bien, bien, bien!- Saltaba dentro de la balsa. -¡Bien, bien, bien! -gritaba mientras corría entre los árboles– ¡Bien, bien, bi...

-Pero niña, ¿a qué viene tanto alboroto? ¿Es que no va a poder uno descansar ni estando de vacaciones? -exclamó mi padre, apareciendo con el pelo revuelto y cara de sueño.

-¡Te quiero papaíto! -le dije, abrazada a su cintura, mientras le besuqueaba el ombligo.

-¡Uy, uy! No te pongas melosa y, sobretodo, no me llames papaíto, ni papito, ni ninguna de esas tonterías almibaradas, si no quieres acabar pareciendo un personaje de dibujos animados.Venga, vístete, mientras me doy una ducha y nos vamos al pueblo. Porque habrá que comprar comida para estos días, digo yo. Ah, y algún libro, que con las prisas, no me traje ninguno.

-Pero, papá, si traías un montón en la maleta...


-Esos no cuentan. Son de trabajo. Y no me fiscalices las cosas o acabarás pareciéndote a tu madre, y sólo me faltaría eso -se alejó refunfuñando camino del baño.

En la pescadería estaban descargando montones de cajas húmedas y relucientes, todavía oliendo a mar, así que tuvimos que esperar. Como el calor apretaba, a pesar de que ya eran las siete de la tarde, enfilamos calle arriba, para hacer tiempo, en dirección a la tienda de bañadores donde papá dijo haber visto unos libros que le interesaban. Antes de entrar, leyó en voz alta el rótulo que lucía en lo alto de la puerta, escrito en grandes letras blancas sobre un fondo de madera oscura.


-E. Del Mar. “Edelmar”, bonito nombre -dijo, uniendo las letras y, sin acordarse de que yo iba tras él como la cola de una cometa, me cerró la puerta en las narices. Abrí con dificultad, pues era una puerta maciza y pesada y me colé en la oscuridad y el frescor de nevera que parecía mantener siempre el establecimiento, aunque no hubiese aparato de aire acondicionado por parte alguna..."

CONTINUARÁ... O NO... TODO DEPENDE DE VOSOTROS...




9 de junio de 2009

ESPUMA DE MAR CAPÍTULO II

CONTINUACIÓN
"...Había permanecido todo el tiempo allí, en silencio, observándonos desde el rincón más oscuro de la tienda, sentada en una mecedora que todavía balanceaba mientras ella se acercaba lentamente hacia nosotros con paso ondulante. Era una mujer alta, casi tanto como mi padre; que se había hecho traer un modelo especial de inodoro de Francia, de pié más alto que los nacionales, porque decía que se le cortaba la circulación de las piernas cuando permanecía sentado más de la cuenta en el baño. El cabello, larguísimo y rizado tenía un color indefinido entre el azul turquesa y el verde mar, aunque con mechones rojizos entremezclados y le caía abundante y espeso hasta las rodillas. Vestía una larga túnica blanca, flotante, con anchas mangas hasta las muñecas, de donde emergían unas manos largas, terminadas en delicados dedos que asieron el bañador que mi padre sostenía embobado, a la vez que le invitaba con un suave movimiento de cabeza a seguirle hacia una cortina, detrás de la cual, se hallaba el probador.

Ella regresó hasta donde yo me encontraba, dedicándome una sonrisa de las que a mí me gustaban, ancha, sincera, afectuosa. Me acarició el pelo con suavidad, peinándolo hacia atrás con sus finos dedos, no revolviéndolo como hacía el resto de la humanidad, que lo mismo les daba acariciar a los niños que a los perros y ya parecía que iba a hablar, cuando apareció mi padre diciendo que se quedaba con el bañador. Ella asintió suavemente inclinando la cabeza, tomó el dinero y siguió sonriendo, hasta que decidimos marcharnos, pues el silencio comenzaba a ser tenso y a nosotros no se nos ocurría nada más que comprar.

El sol y el calor nos golpearon con fuerza al salir y eso nos hizo despertar y recordar el objetivo del día. El mar, la playa, las vacaciones en una palabra.

Me pasé toda la mañana en el agua, chapoteando, salpicando a papá y poniéndome impertinente y pesada como suelen ser los niños recién separados. Pero a él no parecía importarle. Estaba como ausente, todavía traumatizado por la visión de la magnífica mujer de la tienda. Aprovechando la circunstancia me atiborré de patatas fritas, coca-cola y helados en un chiringuito que había instalado en un extremo de la playa y en el que recalamos al mediodía para reponer fuerzas"... CONTINUARÁ

CORTO KAN SÉSAM

UN CORTO DE SUSPENSE Y ACCIÓN, CON UN FINAL DESESPERADO...

Un grupo de okupas, desalojados de una vivienda, descubren una casa deshabitada en medio del bosque. Una vez instalados, se desencadenan una serie de fenómenos extraños...

(versión en catalán)

www.dailymotion.com/video/x9bjl4_kan-sesam_shortfilms

8 de junio de 2009

ESPUMA DE MAR CAPÍTULO II

"La casa, una vez limpia de polvo, telarañas y demás bichos, resultó un encanto. Pequeña, pero más que suficiente para nosotros, disponía de salón-comedor- cocina, dos dormitorios y un baño. El jardín, enorme y desbrozado de maleza, poseía además una balsa rebosante de agua helada proveniente de un pozo, donde refrescarnos al volver de la playa. A mí, que me había gustado desde el principio a pesar de sus deficiencias, me pareció el lugar más maravilloso del mundo. El estrangulador de gorras nos acompañó, esta vez, en nuestro recorrido de inspección hasta obtener la aprobación de mi padre y un talón por el importe del alquiler.

Una vez solos, nos dedicamos a distribuir el contenido de las maletas entre las estanterías y un diminuto armario empotrado, cuando mi padre soltó un juramento.

-¿Será posible? Si es que era de esperar, no puede uno tener la cabeza en tantos sitios. ¡Pero esto es el colmo! -farfullaba mientras iba desperdigando sus ropas y libros por la cama, el suelo, la mesita, en fin, por todas partes. Mientras yo, sumisa como siempre, esperaba apoyada en el quicio de la puerta intentando adivinar el motivo de tanto alboroto.

-¡El bañador! ¡No he cogido el bañador! ¿Tú crees que es normal? Juraría que lo puse en la maleta...

Yo me encogí de hombros, aunque respiré aliviada. Por un momento había temido algo peor. Él se volvió hacia mí.

-Vamos, anda, vamos a comprar un bañador para el despistado de tu padre.

Y de vuelta al pueblo. Me parecía una situación extraña, vivida anteriormente. La casa, el jardín, la playa y otra vez en coche hacia el pueblo. Por un momento temí que me ocurriese algo parecido a lo de una película que había visto un sábado en televisión en la que un hombre del tiempo revive la misma situación una vez y otra, y otra, hasta llegar al desquiciamiento total.

Por suerte, en la tienda de artículos de pesca, donde había de todo lo inimaginable, no encontramos al hombre de la visera. Eso hubiera sido el colmo de la pesadilla. El local era oscuro y fresco, y costaba distinguir los artículos hasta que, pasado un cierto tiempo, la vista se acostumbraba a la falta de luz. El suelo, revestido de tablas de madera envejecidas, desprendía un ligero olor a rancio y a polvo estancado. Había redes colgadas de las vigas, cuadros con nudos marineros, jerséis listados, cortinas de cuentas de colores, flotadores, abanicos, estanterías repletas de libros y, colgados de unas pequeñas perchas con pinza, por fin, bañadores.

-¡Mira, papá, aquí! -grité feliz, al solventar el último obstáculo que me impedía ir a la playa con mi padre-. ¡Hay muchos, seguro que encontramos uno de tu medida!

-Vale, vale. No alborotes tanto. Tampoco hace falta que se entere todo el pueblo. -Contestó, acercándose donde yo señalaba. Tomó uno azul oscuro y se quedó con él en la mano, dudando hacia donde encaminarse para probarlo.

Y entonces apareció..."

4 de junio de 2009

ESPUMA DE MAR

CAPÍTULO II ...Y SEGUIMOS...

"...Regresamos al coche, para volver a aparcarlo unas calles más abajo, frente a un pequeño hotel situado a pocos metros de la playa del pueblo. El hombre de la visera estrangulada, corredor de fondo por lo visto, apareció cabeceando sonriente tras el mostrador de recepción. Sin mediar palabra, le alcanzó una llave a mi padre.

La habitación número 1015 era un reducido cubículo con dos camas gemelas y una silla en medio, a modo de mesita, donde descansaba un teléfono de color gris. El baño, más liliputiense que la habitación si cabe, tenía la alcachofa de la ducha dirigida al inodoro, posición muy cómoda si se tiene en cuenta el ahorro considerable de tiempo que puede significar el hacer dos cosas a la vez en un día en que las prisas y las necesidades urgentes te aprieten más de la cuenta.

Pero mi padre no disponía del suficiente sentido del humor como para valorar ciertas cosas. Tras inspeccionar los pocos enseres del habitáculo mientras resoplaba por las narices como un dragón prehistórico, salió al balcón que, para asombro de ambos, resultó ser la pieza con más metros y mejor amueblada de todo el conjunto. En ese momento dejó de resoplar y se instaló en una de las tumbonas, encendió un cigarrillo y se dedicó a contemplar el mar, o el horizonte, o el cielo, es decir, lo contempló todo menos a mí.

-Papá, tengo hambre.- Solté sin miramientos, aunque en voz baja por aquello de no resultar impertinente.

Él me miró y sonrió como sólo mi padre sabía hacerlo en determinadas y escasas circunstancias. Su sonrisa era amplia, grande y rellenita de dientes blancos y parejos. Además, cuando sonreía de ese modo, los ojos pasaban del gris oscuro que era el color más habitual en su mirada, a un verde luminoso y destellante. Vamos, una sonrisa de cine. Las amigas de mamá solían cuchichear entre ellas comentando lo muy guapo que era mi padre. Para mí sólo era eso, mi padre. Pero cuando sonreía de aquel modo, recordaba sus comadreos y me ponía de su parte. Como en aquel momento, sobretodo cuando alargó su brazo izquierdo hacia mí, sin dejar de sonreír:

-Ven aquí, anda. Mi pobre niña, a la que nadie hace caso, y menos que nadie este desalmado que tiene por padre. Mira, en cuanto nos duchemos y nos pongamos ropa limpia, saldremos a cenar, ¿te parece?...

A mí me requeteparecía. Abrazada, besada mimada, duchada y cenada. ¿Qué más podía pedirle a la vida?..."

CONTINUARÁ...



2 de junio de 2009

ESPUMA DE MAR

CAPÍTULO II, SIGUIENDO...

"...A mí los pelos del cuerpo se me erizaron nada más entrar, no tanto por el nerviosismo de aquella extraña situación que no entendía, como por la brusquedad de cambio climático. Siempre he sido friolera y no creo exagerar ni un ápice si afirmo que la temperatura del lugar apenas debía rozar los quince grados centígrados. Además a papá se le terció sentarse, justo, bajo el chorro helado del aparato de aire con lo cual, a los pocos segundos, se me disparó una tiritera imparable con el consiguiente castañeteo de dientes que acabó con la poca paciencia disponible del autor de mis días.

-¿Quieres hacer el favor de no meter tanto ruido y quedarte quieta de una vez? -me espetó, mientras me dirigía una mirada furibunda. -¿Se puede saber qué narices te pasa? ¿No puedes comportarte como una niña normal por una vez en tu vida?

Me hubiese gustado contarle con detenimiento que las niñas normales andaban por la calle paseando bajo temperaturas razonables para un mes de Agosto, que no eran zarandeadas de acá para allá sin que mediasen explicaciones de ningún tipo y que solían andar comidas a las seis de la tarde con algo más que un vaso de leche con galletas ingerido a toda prisa a las doce del mediodía antes de subir al coche. Que las niñas normales lloraban y se quejaban por todo, principalmente cuando, como yo, empezaban a sentir un tremebundo dolor de cabeza y unos pinchazos terribles en medio de la espalda, señales inequívocas de que el bajón de temperatura y la inanición que andaba sufriendo me estaban bajando las defensas y provocando el comienzo de un catarrazo de muy señor mío. Que para deducir eso no hacía falta ser médico, ni traumatólogo, ni nada de nada, sino simplemente observador y un poco cuidadoso con la niña en cuestión.

Pero en el caso de mi padre, toda esta perorata hubiese sido inútil y fuera de lugar. Después de todo, él tampoco era un padre normal. Así es que me limité a poner cara de niña buena y un poco boba y pedí por el baño, donde me instalé por un buen rato bajo el secador automático de manos que devolvió temperatura a mi cuerpo y valor para seguir aguantando.

Salí del baño reconfortada y ya me dirigía a la mesa, cuando descubrí que mi lugar había sido ocupado por un desconocido calzado con unas chancletas viejas, vaqueros recortados por la rodilla y una gorra de visera que descansaba junto a mi vaso de agua, y con el que mi padre mantenía animada conversación. Me entretuve observando las tapas expuestas tras una vitrina de cristal sobre el mostrador mientras notaba que una acumulación excesiva de saliva amenazaba con atragantarme. Allí había de todo y tenía una pinta excelente. Patatas fritas, doraditas y crujientes, gambas con ajitos, huevos duros rellenos, aceitunas, croquetas, calamares y un sinfín de exquisiteces esperando ser devoradas por cualquier cliente caprichoso y, probablemente, menos hambriento que yo.

El dueño del bar, atraído sin duda por la penetrante mirada que dirigía una servidora a tan atractivas viandas, se me acercó tentador.

-¿Te apetece alguna cosa, bonita? ¿Unas bravas? No las hacemos muy picantes. ¿Prefieres unos calamares? Recién pescados esta mañana. Están riquísimos...

El hombre había alzado la voz, con la clara intención de que sus ofrecimientos llegasen a oídos de mi padre, pero éste se encontraba demasiado enfrascado en su conversación con el otro como para enterarse de nada, así que decidí abandonar mi puesto de observación y acercarme hasta la mesa con el objetivo de distraer mis cuitas con otros temas menos dolientes. Al llegar, los dos hombres se pusieron en pié, pero no debido a mi presencia, sino porque se estaban despidiendo.

-Entonces, mañana por la mañana, a las diez en la casa. Y esta vez espero que todo esté correcto -decía mi padre, dando el asunto por concluido. Yo, aunque desconocía la conversación mantenida, me quedé con la frase que me interesaba, es decir, la de que a las diez en la casa. Bueno, por fin parecía que todo iba a terminar bien. El otro hombre, todo sonrisas, se alejaba hacia la salida cabeceando afirmativamente mientras retorcía la visera de la gorra con ambas manos como si pretendiese estrangularla. Por fin desapareció y mi padre volvió a tomar conciencia que no estaba solo en el mundo, cuando dijo:

-Venga, niña, vámonos.

Regresamos al coche, para volver a aparcarlo unas calles más abajo, frente a un pequeño hotel situado a pocos metros de la playa del pueblo. El hombre de la visera estrangulada, corredor de fondo por lo visto, apareció cabeceando sonriente tras el mostrador de recepción. Sin mediar palabra, le alcanzó una llave a mi padre..."