9 de diciembre de 2009

RECETAS EN INVIERNO

¿Hay algo más cálido y que dé mayor seguridad que una chimenea encendida una tarde cualquiera de un mes de diciembre?... No busquemos la suerte en la lotería, porque ya nos ha tocado. A todos los que nacimos blancos, en una ciudad segura, con un plato de comida en la mesa y una chimenea ante la que calentarnos rodeados de amigos y familia, nos tocó la lotería nada más nacer y es un atentado contra la decencia buscar más suerte que la que ya poseemos. Feliz Navidad a todos y ojalá llegue el día en que ese "TODOS" abarque, de verdad, a todo el mundo.

24 de noviembre de 2009

ESPUMA DE MAR CAPÍTULO VI Y ÚLTIMO

Empujé el portón de madera que, felizmente, cedió.
“Edelmar”, contra su costumbre, vestía una túnica gris con destellos plateados que jamás le había visto antes, aunque recordé que tenía el mismo color del mar aquel día. Claro, no podía ser de otra forma. Sentada en su mecedora, me recibió con una ancha sonrisa.

-Buenos días, Clara.

-Hola. ¿Qué te pasó ayer? Te busqué, pero no estabas.

-Un amigo muy querido se dañó contra las rocas y tuve que acudir a lamerle las heridas.

-¿Está bien ahora?

-Perfectamente. ¿Y tú?

-Un poco triste. Volvemos a casa y ya no podré venir a hablar contigo, ni me leerás más cuentos, ni me contarás esas historias tan bonitas que sabes.

“Edelmar” me tomó de la mano y me sentó en su regazo, acariciándome con suavidad mientras hablaba.

-Siempre podrás hablar conmigo. Donde haya mar, allí estaré. Y tú sabes lo que ocurre cuando lees. La magia de los cuentos es infinita. Nunca dejes de leer, ahora que ya sabes cómo hacerlo. En cuanto a las historias, creo que con el tiempo tú misma aprenderás a contarlas. Escríbelas y yo las leeré a los niños que entren en la tienda.

-¿De verdad? Eso sería fantástico.

La abracé y hundí mi cabeza en sus salados cabellos. Ella me besó y así permanecimos hasta que papá vino a buscarme.


EPÍLOGO

Durante el camino de regreso a casa pensé mucho en las últimas palabras de “Edelmar”. Y seguí pensando en ellas en los años que siguieron.

Mamá se cansó pronto de Lucy y, aunque no volvió jamás a vivir con nosotros, nos veíamos con frecuencia durante el año, siempre que sus colecciones se lo permitían, por supuesto. Papá y yo aprendimos a querernos y respetarnos el uno al otro a partir de aquel verano tan especial. En cuanto a mí, procuraba acercarme siempre que podía al mar, aunque las canguros protestasen y permaneciesen despotricando medio muertas de frío, envueltas en abrigos y largas bufandas durante el invierno.

Leí muchísimo aquel año y los que siguieron. Y empecé a escribir. Al principio con timidez, sin atreverme a prestar a nadie mis cuentos para su lectura pero, un día, papá me pidió permiso para leer uno de ellos y al devolvérmelo me abrazó y me animó a seguir. No he dejado de hacerlo desde entonces y él siempre es el primero en darme su opinión, excepto con éste, que guardo oculto en el altillo de mi armario, metido en una hermosa caja de color azul mar.

No puedo descubrir ante nadie un secreto que prometí mantener oculto. Aunque quién sabe, quizá un día “Edelmar” me dé permiso para llevarlo a su tienda y entonces su secreto deje de serlo.

16 de noviembre de 2009

ESPUMA DE MAR CAPÍTULO VI, PENÚLTIMO

A la mañana siguiente, tras el desayuno; mientras papá se iba con Antonio a revisar los desperfectos de la casa y a solucionar el tema de las llaves del coche, yo me acerqué hasta la tienda de “Edelmar”. Me sorprendió encontrarla cerrada, cuando eran ya más de las once y ella siempre abría sus puertas puntualmente. Me empiné sobre los pies y pegué el dedo al timbre que había en un lateral, aunque ya suponía que aquella era una tarea inútil, puesto que “Edelmar” no dormía nunca, ni desayunaba ni hacía todas esas cosas en las que los mortales consumimos nuestro tiempo. Harta de esperar y sin saber qué hacer, decidí acercarme hasta la playa, segura de encontrarla allí.

El mar seguía alborotado y revuelto y sólo unos cuantos bañistas se encontraban tumbados en sus toallas tostándose las pieles. Nadie se atrevía a zambullirse en aquellas aguas enloquecidas. Caminé por la orilla hasta alejarme lo suficiente de cualquiera que pudiese oírme y la llamé, flojito primero y a grandes voces después, al ver que mi llamada no obtenía respuesta. Nada. “Edelmar” parecía haberse esfumado. Disgustada, regresé al pueblo. La tienda seguía cerrada.

Papá estaba aparcando el coche frente a la casa de Jacinta cuando llegué.

-Hola, cariño -dijo él sonriente-. Parece que las cosas se van solucionando. En la maleta tenía el otro juego de llaves del coche y Antonio nos enviará a un par de albañiles que taparán las goteras y arreglarán los desperfectos. ¿Te encuentras mal? Te veo triste.

-“Edelmar”, se ha ido -respondí.

-A lo mejor se le inundó la tienda y anda ocupada, como todos -dijo papá, sin prestarle al asunto mayor importancia.

-No. No es eso. A ella el agua no le afecta.

-¿Ah, no? Pues mira qué bien. Oye, ¿qué tal si tú y yo nos vamos hoy a comer por ahí y esta tarde te llevo al cine? Antonio me ha dicho que hay un multisalas a pocos kilómetros de aquí. ¿Te parece?

Le dije que vale, aunque andaba yo con pocas ganas de alejarme del pueblo. Quería saber qué había sido de mi amiga, pero no tenía a quién preguntar, así que decidí seguir el plan propuesto por mi padre.

En honor a la verdad, he de reconocer que papá y yo nos lo pasamos de maravilla aquel día. A mí el cine me gustaba horrores. En el piso de Barcelona tenía un televisor en mi habitación y me tragaba todas las películas, series y miniseries que daban. Prefería las películas de adultos a las de dibujos animados para niños y, en cuanto mamá se cansó de leerme cuentos por las noches, que fue muy pronto, me encendía el televisor y yo me quedaba tan ricamente en la cama disfrutando de todo lo visible en la pequeña pantalla. Muchas veces me aburría y me quedaba dormida enseguida pero, en cuanto me instalaron el vídeo, ya fui feliz. Me iba con la canguro de turno al video club y alquilaba montones de cintas que dejaban a las vendedoras con la boca abierta.

-Son para tus papás, ¿verdad bonita?- Preguntaban incrédulas.

-No, señora. Son para mí -respondía yo desafiante, mientras ellas interrogaban con los ojos a la canguro que, encogiéndose de hombros, se limitaba a pagar el importe del alquiler. A través de las películas aprendí un montón de cosas sobre el comportamiento humano que, de otra forma, hubiese quedado reducido al simple conocimiento de las escasas personas que me rodeaban.


Aquel día, en los multicines, descubrimos dos películas apetecibles, de modo que decidimos obsequiarnos con una sesión doble. Al salir anochecía y papá me hizo notar cuánto se iban acortando los días. Total, sólo eran las ocho y media.

-Eso significa que nuestras vacaciones están acabando, pequeña. Dentro de unos días recogeremos los bártulos y volveremos a la rutina. ¿Lo has pasado bien este verano con el desastre de tu padre? -preguntó sonriéndome a través del retrovisor.

-Mejor que nunca -respondí acercándome a su asiento y pasando mis brazos alrededor de su cuello–. Y no eres ningún desastre, papá. A mí me gustas mucho. Y a “Edelmar” también.

-¿Ah, si? Pues mira qué bien. Bueno es saber que cuento con dos fans a partir de ahora.

-Papá. ¿A ti te gusta ella? -pregunté. Me parecía increíble que mi padre no estuviese requete-enamorado después de la impresión que le había causado el primer día.

-¿Quién?

-“Edelmar”

-Bueno, es una mujer muy guapa, sí.

-¿Y ya está? ¿Sólo guapa? ¿No la encuentras fascinante, inteligente, misteriosa? -dije, empleando los vocablos que aparecían en las películas y que me encantaba utilizar. Papá soltó una carcajada.

-Hija mía, lo tuyo es de cine, de verdad.

-En serio, papá. ¿Por qué no te gusta... más?

-Supongo que no es mi tipo -respondió él, intentando permanecer serio- Es demasiado... Impresionante... Lejana... No sé, a ratos parece desdibujada, como si estando presente, se deshiciera. Me recuerda a... A la espuma del mar, por ejemplo, que es imposible de retener entre las manos... ¿Comprendes?

-Perfectamente, papá -respondí, satisfecha por tener un padre tan inteligente.

Los albañiles habían tapado las goteras y Jacinta había vuelto a dejar la casa en perfectas condiciones. Pero el día siguiente amaneció nublado y papá leyó en el periódico que se avecinaban fuertes tormentas durante la semana. Estábamos ya a veintisiete de Agosto y decidió que lo mejor sería hacer las maletas y volver a casa por aquello de no pillar caravana el último día. Yo creo que la proximidad de nuevos aguaceros lo tenía asustado. Una vez tuvimos todo recogido, fuimos al pueblo a despedirnos. Yo salí disparada hacia la tienda, mientras papá se acercaba a la inmobiliaria para devolver las llaves.

6 de noviembre de 2009

ESPUMA DE MAR CAPÍTULO VI, ANTEPENÚLTIMO

No podía contar a mi padre el gran secreto. Lo había prometido. Pero yo sabía cosas que él ignoraba y eso hacía que me mantuviese serena mientras él se dejaba las uñas arañando el barro en un intento desesperado por ganar altura, a la vez que yo tiraba de su pantalón hacia abajo, lo que nos asemejaba más a un dibujo animado de los que corren sin moverse del sitio que a un par de personajes en peligro.

En un momento dado, los pies de mi padre resbalaron y, no teniendo donde agarrarse, se deslizó hacia atrás con rapidez entrando limpiamente en el mar. Veía su cabeza subiendo y bajando entre las olas, gritando mi nombre y agitando los brazos como aspas de un molino. Tras contemplarlo durante unos segundos, llegué a la conclusión de que se ahogaría sin remedio y me eché al agua. Pero no conseguía alcanzarle, ni siquiera veía donde se encontraba, porque las olas jugaban conmigo lanzándome de un lado a otro sin permitirme acercarme a él.

Tuve miedo por papá. Tuve miedo de que ella anduviese ocupada en otros asuntos y no acudiese en nuestro auxilio. Miedo de no haber entendido bien lo que me había contado. Miedo de que todo fuese un sueño en mi imaginación. MIEDO, simple y en mayúsculas.

Sólo entonces apareció. Majestuosa. Solemne. Elegante en su túnica azul mar hecha de espuma. Me sonrió y, mirándome a los ojos, alzó los brazos goteantes formados por minúsculas partículas saladas. Los extendió y con ellos abarcó toda la orilla, creando una enorme ola mullida que, sorteando el acantilado, nos depositó a mi padre y a mí en el caminito de la playa, justo al lado del coche. La gran ola se replegó de nuevo, regresando al mar, mientras papá tosía y vomitaba toda el agua que se le había metido en el cuerpo. Luego se quedó tumbado un rato, con los ojos cerrados, intentando recuperar el aliento que tenía atragantado por el susto. La tormenta se iba alejando por momentos y ya casi no llovía.

-Papá, ¿estás bien? -le pregunté.

-Creo que sí -contestó, sentándose en el suelo embarrado y palpándose el cuerpo como si buscase algo perdido por los bolsillos- ¿Y tú? -dijo, reaccionando por fin- ¿Estás bien, pequeña? ¿Cómo te encuentras? ¿Te has roto algo? ¿Has tragado mucho agua? ¿Te has...?

-Estoy mejor que nunca, papá -respondí, cortando el manantial de preguntas que acudían a la mente de mi padre a medida que se recuperaba- ¿La has visto?-

-¿A quién?... No me digas que había alguien más ahogándose con nosotros...

-No. Me refería a... -me interrumpí a tiempo. No podía compartir con él el secreto, a menos que hubiese sido tan testigo como yo de lo que había sucedido. Intenté disimular– ...Bueno, me refería a esa ola enorme que nos ha subido hasta aquí.

-No, hija, no. Lo único que veía era tu cabecita en el agua, pero no podía alcanzarte. Y luego, ya no recuerdo nada más. Ha sido como aquel día en la barca... Como si... En fin, espero que esta vez tu madre no se entere. Ni se te ocurra comentar nada de esto con Jacinta, aunque... -Se interrumpió y volvió a palparse, esta vez sí en busca de algo concreto- ¡Mierda! ¡Las llaves del coche! ¡Las he perdido!

-Bueno, pues volveremos andando. Ahora ya no llueve -contesté.

No entendía por qué los adultos se preocupaban tanto por cosas tan simples.

Tardamos más de una hora en llegar a casa. Los caminos estaban tan embarrados que nuestros pies se hundían en el suelo a cada paso. Un montón de árboles habían caído y, las ramas de algunos de ellos, habían perforado los invernaderos donde los payeses del lugar cultivaban verduras que luego vendían en el mercado. Lo poco que apreciábamos en la oscuridad de la noche, aparecía destruido. Papá dijo que siempre había que escuchar a los oriundos del lugar y que Jacinta tenía razón. Aquello no había sido una lluvia de verano mediterráneo, sino más bien el resultado de un ciclón tropical.

Una vez en casa que, para nuestro bien, nunca se cerraba con llave, descubrimos nuevos desastres. Para empezar la electricidad no funcionaba y, para cuando dimos con la linterna que papá traía en la maleta, ya éramos conscientes de que el suelo se encontraba cubierto por un palmo de agua. Por suerte, mi padre no se había llevado el móvil consigo con las prisas por devolver a Jacinta a su casa, y éste se encontraba sano y seco en una repisa de su dormitorio. Telefoneamos a Antonio, pero su teléfono comunicaba todo el tiempo. Entonces papá llamó a casa de Jacinta.

-¿Jacinta?... Sí, estamos bien, no se preocupe... Sí, sí, la niña se encuentra estupendamente... De verdad, se lo juro... Oiga, ¿sabe usted dónde para Antonio?... No consigo hablar con él y la casa está inundada... ¡Ah, vaya!... Bueno, no se preocupe... Que no, que no, mujer... Bueno, está bien... Hasta ahora. -Colgó y se me quedó mirando–. El marido de Jacinta viene para aquí en la furgoneta, a recogernos. Dice que hay un montón de apartamentos con problemas y casas inundadas y que Antonio anda de acá para allá como loco. Jacinta ha insistido en que vayamos a su casa a pasar la noche, así que vamos a cambiarnos y a quitarnos como podamos el barro que llevamos encima, porque si no nos comerá a preguntas.

-Lo hará igual -respondí yo.

-Bueno, pues tú chitón y déjame hablar a mí, ¿de acuerdo?

-Vale -dije yo, encogiéndome de hombros.

En casa de Jacinta confirmé mis sospechas. Papá acabó yéndose de la lengua con las hábiles preguntas de ella. Hubiese sido preferible que me dejase hablar a mí. Sabía inventar historias mucho mejores que las suyas.

Todo el pueblo andaba revuelto y a media luz, contó Jacinta. Después de la cena nos acomodó en el desván que, como había sido construido por su marido, dijo, era capaz de aguantar la tempestad más fuerte sin que una sola gota se colase entre las tejas y en el que ella tenía habilitada una habitación para cuando el pueblo se llenaba de turistas y a Antonio se le agotaban los alojamientos.

Papá se durmió en seguida. Lo notaba por los ronquidos que soltaba como una prolongación de los truenos de la tarde. Yo no tenía sueño. Había sido demasiado emocionante lo ocurrido en la playa, y reventaba de ganas de hablar con alguien sobre ello. Pero sólo podía hacerlo con una persona en todo el pueblo y, esa persona, no estaba disponible para mí a aquellas horas. Ella estaba en el mar, meciéndose con las olas y convirtiéndose en espuma que lamía las piedras y las rocas en un ir y venir sin fin. Imaginando su quehacer en aquellos momentos, cerré los ojos y, casi sin darme cuenta, me quedé dormida.

20 de octubre de 2009

ESPUMA DE MAR CAPÍTULO VI, CONTINUACIÓN

Los truenos sonaban cada vez más cercanos y Jacinta se pasó todo el camino hasta el pueblo santiguándose cada vez que un relámpago cruzaba ante nosotros. El cielo se oscurecía por momentos y papá tuvo que encender las luces, a pesar de que en el reloj eran sólo las siete de la tarde. Ella, antes de bajar del coche, tuvo un último intento por hacer desistir a papá en su empeño.

-Por favor, señor. Métase en casa con la niña. No vayan a la playa. Por lo que más quiera. -Insistía, juntando las manos. Hasta que un relámpago de los gordos iluminó la calle, obligándola a refugiarse en el interior de la vivienda con los ojos abiertos como farolas.

Papá me sonrió con complicidad. -¡Al fin solos, pequeña! Vámonos a disfrutar de una tormenta de las de verdad.

Recorrimos varias calas en busca de una que ofreciese una mínima protección de la lluvia que ya había empezado a caer con fuerza. Un saliente en las rocas formaba una especie de mirador recogido frente a la panorámica del mar. Nos guarecimos bajo su techo y nos dispusimos a extasiarnos ante el bello espectáculo de relámpagos y truenos que cada vez cobraba mayor intensidad. Me parecía un juego el que se traían las olas unidas a la tormenta que iba en aumento. Cuanto más luminosos eran los relámpagos, más intenso era el estruendo de los truenos y mayor el fragor de las olas. Allí, a cubierto del agua, con mi padre al lado comentando las mejores jugadas, me sentía la niña más feliz del mundo. Mucho mejor que un parque de atracciones, pensé, y me agarré fuertemente a su mano porque, aunque me lo estaba pasando de película, justo es reconocer que la tormenta impresionaba lo suyo.

Hacía ya más de una hora que diluviaba y aquello parecía no tener fin. Una cortina de agua nos impedía, por momentos, divisar el mar que teníamos enfrente. El terreno que conformaba la plataforma, una mezcla de arcilla y canto rodado, se iba desgajando con el aguacero y transformándose en barro que se unía a las olas, con lo que nuestro mirador se reducía por momentos. Papá comenzaba a impacientarse, a pesar de lo mucho que, aseguraba, le gustaban las tormentas.

-Bueno, tendré que reconocerle la razón a Jacinta. Esto no es una tormenta de verano cualquiera -dijo con vocecilla nerviosa-. Creo que lo mejorserá que volvamos hacia el coche. Lo peor es que ya no se ve ni el caminito por donde hemos bajado.

Yo miré hacia arriba, haciendo visera con la mano.

-Papá, es que no se ve porque no está. Se ha deshecho.

-¿Cómo que no está? -respondió mi padre, asustado de verdad- Eso es imposible. Por algún sitio se ha de poder llegar arriba.

-¡No se puede, papá! ¡Tendremos que esperar aquí hasta que deje de llover! -respondí yo a gritos, porque ya el estruendo producido por la tormenta y las olas imposibilitaban la conversación en un tono normal.

-¡Clara, ¿no te das cuenta?, el terreno se desplaza! ¡Pronto nos veremos literalmente con el agua al cuello! -me gritó papá con voz entrecortada por el espanto.

-A mí no me asustan las olas, papá -respondí tranquila.

-¡Pues a mí, sí! ¡Y mucho! ¡El agua nos puede arrastrar mar adentro! ¡Nos ahogaremos! ¿Es que no lo entiendes? ¡Vamos, tenemos que intentar llegar hasta arriba como sea! -Los gritos de mi padre sonaban histéricos a estas alturas.

-El mar no nos hará daño, papá -respondí, intentando tranquilizarle...

15 de octubre de 2009

ESPUMA DE MAR CAPÍTULO VI

Todo volvía a estar en su sitio. Papá cuidando de mí, Jacinta cuidando de los dos y mamá y Lucy lejos, en Barcelona, o Paris, o Milán, daba lo mismo, pero lo suficientemente lejos como para que no peligrase nuestra recién recuperada libertad. Además, Jacinta había aprendido lo suficiente sobre nuestra familia en aquellos días como para ser muy meticulosa a la hora de dar noticias por teléfono. Aunque papá, por si las moscas, desconectaba el móvil cada día a la hora de la siesta, mientras ella limpiaba la cocina y preparaba la cena.

Fueron días magníficos. Por la mañana nadábamos en la playa hasta que nos rugían tanto las tripas de hambre que teníamos que volver corriendo a casa, donde Jacinta nos esperaba sonriente con fuentes enormes de ensalada, pasta, carne empanada o pescados a la parrilla. Luego, mientras papá dormía la siesta, yo me entretenía leyendo los cuentos de “Edelmar” que ahora cobraban un significado mucho más real para mí, si cabe. Por la tarde simulábamos pescar y, cuando devolvíamos a Jacinta a su casa, papá se quedaba tomando un refresco en el bar del pueblo mientras yo visitaba a mi amiga.

Me parecía curioso que mi padre, pasada la primera impresión, no se sintiese atraído por ella. Creo que su efecto era el mismo que producía en el resto del pueblo. Parecía no existir, excepto para mí. Nunca entraba nadie en la tienda. Nunca nos interrumpió persona alguna buscando un artículo de los que había expuestos para la venta. Era como si el recinto de la tienda y su contenido fuesen invisibles para todos. Un día se me ocurrió preguntar a Jacinta por ella y me asombró su respuesta casi tanto como el conocimiento de la verdad.

-¿La tienda de pesca?... Pues, no sé, la verdad. La abrió un marinero viejo, pero muy pronto se puso enfermo y entonces vino esa chica, su sobrina creo. Luego él se murió y ella se quedó en la tienda. Sólo abre en verano y luego, en invierno, se marcha. Vivirá en otro sitio, supongo -fue su respuesta desinteresado sobre el asunto- ¡Ay! ¡Por poco se me queman las patatas! Cuidado, bonita, no te acerques a los fogones que te puedes quemar.

Una tarde el cielo se nubló de repente y se oyó un trueno enorme y largo rugiendo a lo lejos. Yo estaba sentada a la mesa de la cocina merendando, cuando Jacinta pegó un brinco y apareció a mi lado temblando.

-¡Dios mío, la tormenta! -gritó, agarrándose a mi brazo.

-¿Ha sido eso un trueno? -preguntó mi padre, asomando la cara de sueño que traía siempre después de la siesta-. Pues menos mal. Ya iba siendo hora. Este bochornazo no hay quien lo aguante. Un poco de agua refrescará el ambiente.

-¡Ay, señor, no diga eso! -respondió Jacinta, cuyo rostro iba palideciendo por momentos.

-No me dirá que la asustan las tormentas, mujer.- Sonrió papá.

-Usted no sabe lo que es eso aquí, señor. -Decía santiguándose.

-Pues lo mismo que en todas partes. ¿Qué pasa? ¿Que tenemos goteras en palacio? Pues saldremos fuera a contemplarla. ¿Te parece, Clara? -dijo papá guiñándome un ojo.

-¿No pensará salir con la niña si hay tempestad? -gimió Jacinta, escandalizada.

-Pero qué tempestad ni qué... Vamos, ni que estuviésemos veraneando en el Caribe... A ver, cuénteme, ¿qué suculencia nos tiene preparada para cenar hoy, Jacinta? -preguntó papá, cambiando de tema.

Ella pareció dudar ante el giro tan brusco surgido en la conversación. –Pues... Coca salada. Es muy... Muy típica de aquí. Es como una especie de “pisa” de esas que les gustan tanto a los niños. Está a punto para meter en el horno. Y ensalada, que ya está limpia y dentro de un bol en la nevera.

-¡Perfecto! -exclamó papá frotándose las manos–. Entonces, ahora mismito la dejo en su casa, donde usted se sentirá a salvo y la niña y yo nos vamos a la playa a disfrutar del espectáculo.

-Pero... Señor.

-Ni peros ni peras, Jacinta. Y deje de llamarme señor, ¿cuántas veces habré de repetírselo? Ande, mujer, suba al coche y relájese...

13 de octubre de 2009

ESPUMA DE MAR CAPÍTULO V, CONTINUACIÓN

Mamá y Lucy andaban como locas. Habían llamado por teléfono a papá, a la policía y a Antonio, que siempre andaba enterado de todo. Al verme se lanzaron contra mí con los brazos abiertos. Pude esquivar los de Lucy, yendo a parar a los de mamá.

-¡Hija mía! ¿Dónde estabas? Creíamos que te había raptado algún loco -chillaba mamá besuqueándome, mientras me envolvía en sus sofisticadas fragancias-. Hueles a mar. ¿No me dirás que te has ido a la playa tú sola mientras nosotras descansábamos?.

-Esta niña está hecha una salvaje. Ya ves, la dejas tres meses con tu ex y mira lo que encuentras a la vuelta. Una verdadera salvaje -mascullaba Lucy mirándome con ojos de asco.

-He estado con una amiga -respondí. Sabía que si les contaba la verdad, toda su rabia se volvería contra “Edelmar” y era lo último que deseaba ahora que parecían haberse olvidado de ella.

-¿Una amiga? -dijo Lucy- ¿Y qué clase de amigas tienes tú en este pueblucho? ¿Eh?... Contesta niña, que no tenemos todo el día.

-Mejores que las de mi madre -respondí, sin poder evitar el desafío.

-¡Ja!... ¿Has visto Ino? -preguntó Lucy enfurecida– Y encima descarada. Tienes suerte de no ser hija mía, porque ahora mismo te daría una bofetada que te volvería la cara del revés, mocosa -terminó Lucy, marchándose del recibidor escaleras arriba con la barbilla alta y aire ofendido.

-¡Lo que le has dicho a Lucy ha estado muy mal, Clara!. No sé qué voy a hacer contigo. Ando desquiciada de los nervios por culpa del trabajo y tú no me das más que disgustos. Y ahora tendré que consolar a Lucy y dentro de unos días debo entregar los bocetos para la nueva colección. Conseguiréis volverme loca entre todos.- Gritó mamá sollozando y dejándose caer en uno de los sofás, eso sí, en una postura digna de una estrella de Hollywood. Mamá nunca hacía las cosas porque sí.

-Mamá, Papá y yo estamos bien juntos -dije conciliadora. Quería que aquello acabase de una vez y sabía que esa actitud sería la única que convencería a mi madre-. Voy a portarme bien, te lo prometo. Déjame volver con él y tú y Lucy podréis marcharos. No volveremos a coger una barca, te lo prometo.

Mamá sacó un ojo de entre los brazos y me miró.

-¿Seguro que no haréis más tonterías? ¿Os portaréis bien y no me daréis sustos inútiles? -preguntaba secándose las lágrimas por debajo de las pestañas para que no se le corriese el rímel.

-Seguro -respondí, aunque ganas me daban de decirle que no hablase en plural, porque mi padre no era ningún niño y que más valían sustos inútiles que disgustos verdaderos. Pero sabía que con mi madre la ironía no contaba. Nunca lo hubiese entendido. Puse cara de niña buena y la besé en la mejilla-. ¿Puedo meter mi ropa en la bolsa y llamar a papá para que venga a buscarme?

-Está bien -respondió, y ya subía a contarle a Lucy las ultimas novedades, cuando sonó su móvil.- ¿Si?... No te preocupes, Estephan. Esta misma tarde salimos para allá... Sí, si, los tengo casi todos listos... Un momento, cielo... -e interrumpió su conversación para gritarme: -¡Y no te olvides de doblar con cuidado la ropita que te hemos comprado esta mañana. Es lino y se arruga muchísimo!...

¡Ay! Mi madre y sus trapos...

CAPÍTULO VI EN BREVE...

8 de octubre de 2009

RECETAS FÁCILES

Esta es una receta súper fácil para una noche en la que te sientas sola y te apetezca compartir un "bocadito" con alguien.

DEDICADA A RITA (ella sabe por qué...)

PATÉ RÁPIDO DE HIGADITOS DE POLLO

INGREDIENTES:
Sólo necesitas 2 o 3 higaditos de pollo, 1 cebolla, 100grs. de mantequilla, sal, pimienta, una pizca de nuez moscada rallada y 2 cucharaditas de coñac.

PREPARACIÓN:
Pones un cazo con agua al fuego. Cuando hierva le añades los higaditos y la cebolla cortada a trozos. Lo cueces 15 minutos. Luego,lo escurres y le añades el resto de ingredientes. Lo reduces a puré con la batidora, lo metes en un molde bonito y lo guardas en la nevera un par de horas.

Lo acompañas de unas tostadas para untar.

¡Y LISTO! ¡RESULTADO GARANTIZADO!¡A DISFRUTAR!

ESPUMA DE MAR CAPÍTULO V, SIGUIENDO

La casa de mamá y Lucy era muchísimo mayor que la nuestra, pero no tenía encanto. Todo estaba tan ordenado, que parecía dispuesto a la espera de un fotógrafo de revistas de decoración para aparecer en portada. Los sofás eran blancos y no se podía poner los pies en ellos. Con las paredes, cuidado, no poner las manos encima porque se manchaban. La piscina, tres veces mayor que nuestra balsa, siempre estaba a tope de cloro y los ojos escocían, además, prohibido chapotear para no salpicar las hamacas donde mamá y Lucy se tumbaban a coger bronce como posesas durante toda la mañana. De playa, ni hablar, demasiado sucia y llena de gente ruidosa y ordinaria. En resumen, un verdadero rollo.

Además, Lucy se llevó las manos a la cabeza en cuanto vio la ropa que traía en la bolsa. Eran prendas cómodas, pantalones cortos y camisetas. ¿Qué otra cosa se necesita estando de vacaciones?...

-¡Dios mío, Ino! No podemos ir a ningún sitio con la niña vestida así. Parece mentira, con unas colecciones tan ideales como las tuyas y que la niña no tenga ropa decente que ponerse... Habrá que ir de tiendas.

Yo odiaba esta frase. “Ir de tiendas” para Lucy y mamá significaba recorrer todas las boutiques de niños habidas y por haber hasta dar con aquello que ellas consideraban “ideal” y que solía consistir en ropa de adulto aplicada a niños, eso sí, muy “coordinada”, otra de las palabrejas que les encantaba utilizar. Al final, cuando yo me sentía disfrazada de esperpento carnavalesco, era cuando se las oía exclamar:

-¡Divina!...
-¡Monísima!...
-¡Ideal!...
-¡De cine!...

Y, por supuesto, de compras a una gran ciudad, porque en el pueblo no existía una sola tienda de ropa decente para la niña, según ellas. Parecía mentira que vistiesen a los niños como mendigos en vacaciones, decían. Como si los mendigos hiciesen vacaciones, pensaba yo. Pero debía pasar unos días de castigo por no sabía qué pecado cometido y estaba resuelta a cumplirlos sin rechistar.

Tras la comida, en el restaurante más “selecto” que encontramos en el camino de vuelta, siesta de dos horas para que ellas pudiesen descansar, porque la mañana de compras las había dejado agotadas. Yo, aprovechando que ya eran las cinco, me deslicé por la ventana de mi habitación y me fui donde “Edelmar”.
Como siempre, parecía estar esperando mi visita y, como siempre por la tarde, su túnica era naranja, el color del atardecer.

-¿Todo bien, Clara?

-Bueno, más o menos. Estar con mamá y Lucy no es muy divertido, pero no durará muchos días.

-¿Quieres que leamos un poco? -me preguntó, aunque por su sonrisa supe que adivinaba lo que quería pedirle. Ella siempre parecía saber lo que yo estaba pensando.

-Quiero...Quiero que ayudes a papá. Yo sé que tú no eres como los demás. Tú eres mágica y tus poderes...

-No tengo poderes, Clara. No soy ningún hada madrina. Sólo soy lo que soy.

-¿Y qué eres?...

Y me lo contó. Fue una sorpresa para mí. Hubiese podido imaginar que “Edelmar” era cualquier cosa. Una sirena con piernas, un hada sin varita, una bruja buena, todo menos la verdad. Me quedé sin aliento. Ella se rió con una carcajada profunda que parecía salida del mismo fondo del mar. Luego se puso seria por un instante.

-Ahora que lo sabes, deberás prometerme que guardarás el secreto. ¿Lo harás?

-Pues claro. Papá ni siquiera sabe que hablas, así que ya ves.

-Muy bien...¿Decepcionada?

-No, sólo que... No lo esperaba. Pero ahora que lo pienso, creo que podría haberlo adivinado con un poco más de tiempo.

Ella me acarició la cabeza y me abrazó. Su olor a mar me gustaba mucho más que todos los perfumes que poblaban el tocador de mamá y Lucy... ¡Mamá y Lucy!. “Edelmar” no tenía reloj , por supuesto, pero podía imaginar fácilmente que habían transcurrido más de dos horas desde mi llegada a la tienda.

-Me marcho, debe ser ya muy tarde. Adiós, “Edelmar” -de repente me di cuenta que la había llamado por el nombre inventado por papá. Ella cabeceó afirmativamente.

-“Edelmar”. Me gusta mucho. Gracias por darme un nombre tan bonito.

24 de septiembre de 2009

ESPUMA DE MAR CAPÍTULO V CONTINUACIÓN

Mamá y Lucy se las ingeniaron para encontrar una casita en el centro del pueblo donde se instalaron dispuestas a controlar la situación y hasta a cambiar el destino de sus gentes, si nadie se lo impedía. Papá cogió un cabreo descomunal cuando se enteró por mediación de Jacinta, a quien le había llegado la noticia a través de Antonio, el de la inmobiliaria que, cómo no, en cuanto vio la oportunidad les encasquetó una de las casas más caras de que disponía.

Por lo visto, el día de su llegada, habían estado discutiendo largo y tendido hasta que mi padre se hartó y le dijo a mamá que lo suyo había sido un abandono de hogar en toda regla y que no tenía nada que rascar en cuanto a mí. O sea, que ella y su amiga se podían largar con viento fresco y cuanto antes mejor. Eso me lo contó camino a casa tras recogerme de las faldas de “Edelmar”.

Pero yo conocía a mi madre, tan bien como él, y ambos sabíamos que no se daría por vencida tan pronto. Además, instigada por Lucy y sin entender el porqué, se le había despertado un instinto maternal tan súbito que nos hacía temer lo peor.

Todo se complicaba por momentos. Papá entró en una de sus fases de malhumor e incomunicación, de la que sólo salía para ir al pueblo a discutir con mamá. Yo, aprovechando esos viajes, visitaba a “Edelmar”.

Sus cuentos me fascinaban y empezaba a encontrarle gustillo a seguir con su lectura en solitario. Los personajes que ella creaba en mi imaginación tomaban vida y, cuando me encontraba sola, lo cual sucedía a menudo ahora, me sentaba a la sombra de un árbol y al instante me sentía rodeada de toda clase de plantas y animales marinos, con los que podía mantener, al margen de la lectura, conversaciones interminables que me mantenían entretenida durante horas.

Se lo conté a “Edelmar” una tarde y ella, con tranquila sonrisa, me animó a continuar. No así Jacinta, a quien preocupaba enormemente el que yo pasara tantas horas leyendo y hablando sola. Un día se lo contó a papá. Yo volvía hacia la casa, tras pasar toda la tarde metida en la piscina jugando con mis imaginarios compañeros, cuando les oí hablar. Me senté bajo una de las ventanas de la cocina y disparé las antenas.

-Yo sé que el señor anda con problemas estos días -decía Jacinta, mientras trasteaba con la cena-. Y no es mi intención meterme donde no me llaman, Dios me guarde, pero la niña no está bien y es mi obligación decírselo. Está como apagada y anda todo el día sola con ese libro hablando al aire. Y como que usted es médico...

-No entiendo nada de niños, Jacinta, lo siento -la interrumpió mi padre- Mi especialidad son las roturas.

-Pues de eso le hablo, señor. La niña y usted andan rotos desde que llegó la señora, y con perdón. Y, ya se que no es cosa mía, pero la niña me tiene muy preocupada. Se lo decía anoche a mi Jose: Esa criaturita necesita que la cuiden, que la distraigan y que la quieran.

-Yo la quiero, Jacinta, aunque a nadie se lo parezca -saltó papá en su defensa- Pero las cosas no son tan simples. A la loca de mi mujer le ha dado ahora por querer pasar unos días con la niña. Como si le importase un pimiento. Y cuando sienta que se ha lavado la conciencia, se largará otra vez y si te he visto no me acuerdo. No sé ni cómo decírselo a Clara.

-Los niños entienden, señor. Lleve a la niña con su madre, eso no se lo puede negar. Y luego, si la señora se queda tranquila con eso, se irá como vino y ustedes a seguir gozando de las vacaciones tan ricamente -apostilló Jacinta.

-Ojalá fuese todo tan sencillo. Pero sí, algo habrá que hacer. Me la llevaré un rato a la playa antes que se haga de noche y hablaré con ella -concluyó papá.

Yo me fui corriendo hasta la piscina y ya hacía como que regresaba a la casa, cuando salió papá con las cañas de pescar.

-Venga, Clara, vámonos un ratito a tirar unos cuantos anzuelos al mar. ¿Te parece?-. Cada día me gustaba más mi padre. No decía nunca cosas sin sentido como los demás. Otro me hubiese invitado a pescar, pero papá sabía tan bien como yo, que nuestras intentonas siempre resultaban fallidas y lo único que conseguíamos era distraer a los peces con las mosquitas de colores que comprábamos en la tienda de “Edelmar”.

Sentados cerca de la orilla, admirábamos un horizonte apastelado, teñido de nubes celestes y rosas a las que la puesta de sol en las montañas prestaba colores cambiantes con su reflejo. Papá no sabía por dónde empezar y yo, compadecida, decidí prestarle ayuda.

-Papá, si me voy donde mamá y Lucy un día o dos, ellas se cansarán pronto y se marcharán. A mí no me importa, de verdad -le dije, apoyando mi cabeza en su brazo.
-Hija mía, no sé de dónde has salido tú tan cuerda con el par de locos irresponsables que tienes por padres -contestó él besándome el pelo-. A menudo pienso en todo lo que me he perdido en estos siete años. No te merecemos, ni tu madre ni yo.

La luz del día se iba apagando lentamente cuando, de repente, apareció una luna roja y redonda a nuestra izquierda, cerca del pueblo.

-¡Mira, papá, la luna se está quemando! -exclamé, asustada.

-No, hija, no. Es por el reflejo del sol... Hermoso, ¿verdad?. Anda, vamos a recoger, que hoy los peces ya han jugado bastante. En cuanto lleguemos a casa llamaré a tu madre y le diré que mañana te llevo con ella. A ver si acabamos con esto cuanto antes -dijo él tomándome por los hombros.

Antes de abandonar la playa, eché una ojeada en dirección al pueblo. Allí estaba “Edelmar”, cerca de la orilla, con una túnica del color de la noche mezclándose con la espuma. La saludé con la mano y ella respondió a mi saludo y, aunque era imposible distinguir su rostro en la lejanía, estaba segura que en su boca se dibujaba una sonrisa que me estaba destinada.

CONTINUARÁ...

29 de julio de 2009

ESPUMA DE MAR CAPÍTULO V

La llegada de mamá significó, en muchos aspectos, el fin de la tranquilidad que tanto nos había costado forjar a mi padre, a Jacinta y a mí. La mañana de aquel día comenzó a las ocho con una llamada telefónica. Mamá adoraba los móviles y no iba a ningún sitio, pero ninguno, y con eso entiéndanse los lugares más íntimos e inverosímiles, sin él. Y no lo llevaba como quien pasea un objeto necesario para ciertos momentos. No. Ella siempre estaba colgada del aparatejo, para bien o para mal.

Total, que a las ocho sonó el móvil de papá para anunciarnos que Lucy y ella habían llegado al pueblo y que nos esperaban en el Bar Paradiso para desayunar. Papá me miró poniendo los ojos en blanco. Yo decidí adoptar la postura “niña-boba-sorda-muda”, que era la que hasta el momento me funcionaba mejor en circunstancias como aquella. Y, después de lavarnos y asearnos, enfilamos en el coche hacia el pueblo.

Los pocos turistas que andaban a tan intempestivas horas por la calle, llevaban todavía las legañas colgando, aunque las escondiesen tras las enormes páginas de la prensa matutina. Mamá y su inseparable Lucy habían hecho colocar una mesa estratégicamente; o no conocía yo a mi madre, para visualizar hasta el más mínimo detalle lo que sucediese a diestro y siniestro de ellas, es decir, todo. Al vernos, mamá corrió hacia mi con los brazos abiertos, como la protagonista de Kramer contra Kramer después del juicio.

-Mi niña, mi pequeñita. ¿Estás bien? ¿Cómo te encuentras? ¿Habéis ido al médico? ¿Le han hecho un chequeo a fondo? No, claro, ni se te habrá ocurrido tal cosa -dijo, cambiando de dirección y dirigiéndose a mi padre-. Por supuesto ni se te habrá pasado por la imaginación que la niña pueda tener todavía agua en los pulmones, una intoxicación por algas o, qué sé yo, cualquier cosa peor...

-No dramatices, Ino, que la niña está mejor que nunca. Y lo de ayer no fue nada grave -respondió mi padre, dejándose caer en una de las sillas y frotándose los ojos mientras se quitaba las gafas de sol.

-¡Ja! ¡Nada grave dice! -soltó mamá, mirando a Lucy en busca de una complicidad que la otra le devolvió arqueando las pobladas cejas-. Mira, Andrés, tú y yo tenemos que hablar y muy seriamente...

-Todo lo que se podía hablar se habló en su momento -interrumpió papá. -La niña se queda conmigo y tú te vas a vivir con la bollera esta. Y no hay más que decir. El resto que lo decidan los abogados, que para eso cobran.

-¡Oye, guapo!. ¡A mí no me insultes! -dijo Lucy, levantándose y apartando la silla de un manotazo, mientras se enrollaba las mangas del largo blusón.

-Tú te callas, que a ti nadie te ha preguntado. Este es un asunto entre mi mujer y yo... -en ese momento papá se interrumpió. “Edelmar” cruzaba la calle en dirección a nosotros. Mamá se dio la vuelta y se la quedó mirando con los ojos y la boca abiertos como platos, mientras Lucy le daba un repaso de pies a cabeza. Ella, sin inmutarse, recogió su larga túnica blanca para subir la acera y se acercó a mí depositando un beso en mi mejilla. Me acarició la cabeza, como sólo ella sabía hacerlo y saludó a mi padre con la mirada, alejándose hacia la tienda con aquellos andares flotantes tan suyos.

-¡Ajá!... -dijo mi madre- ¿O sea, que era esto?...

-¿Esto, qué?... -respondió papá descolocado por un momento, porque “Edelmar”, a plena luz del día, resultaba espectacular, dicho sea de paso. Y su llegada, así como su actuación, habían sido dignas de un aplauso merecidísimo.

-¡Esto era lo que ayer te mantuvo alejado del cuidado y la atención que le debías prestar a tu hija! ¡Esto era lo que te atraía tanto en este pueblucho de mierda, cuando a ti nunca te ha gustado el mar! ¡Esto y no... -aquí su discurso fue interrumpió por el sonido del móvil que, además de la musiquita correspondiente, empezó a moverse por la mesa como un moscardón patas arriba-. Un momento... -dijo, mientras descolgaba y cruzaba la acera, asintiendo y cabeceando mientras hablaba.

Papá se alejó hacia el interior del local, ya refrigerado de buena mañana, mientras yo le seguía unos pasos atrás. Todo antes que sentarme al lado de Lucy. Me subí a un taburete, frente al de mi padre, y los dos nos quedamos mirando sin saber qué decir. Él habló primero.

-Lo siento, hija. Se nos han jodido las vacaciones.

-Pero ¿por qué, papá? -dije yo, que entendía la visita de mi madre y de Lucy como algo pasajero. Total, uno o dos días de broncas y luego a seguir tan ricamente los dos.

-Porque tu madre no se largará de aquí después de haber visto a “Edelmar”.

-Pero si ella no ha hecho nada.

-Ni yo tampoco, no te jode. Pero a tu madre ya no habrá quien le quite la idea de la cabeza. Que para eso trae refuerzos, con la foca esa pegada todo el santo día a su espalda como el caparazón de una tortuga Ninja.

-¿Puedo irme un ratito donde “Edelmar”? -pregunté, viendo que tal como pintaban las cosas el conflicto iba para largo.

-Sí, hija, si. Anda, vete. Que con uno que sufra ya es suficiente.

Al salir del bar distinguí a mi madre todavía enfrascada en conversación con el móvil. Lucy se giró al oír mis pasos, y ya parecía que iba a decirme algo, cuando yo me escabullí corriendo calle arriba hacia la tienda de mi amiga.

Esta vez no elegí el taburete que me tenía destinado. Me encaramé a sus rodillas y me abracé a ella, aspirando su aroma a mar, tan suave de buena mañana.

-Me gustaría que las cosas fuesen de otra manera –dije- Me gustaría que tú fueses... -Ella no me dejó continuar, poniendo uno de sus largos dedos sobre mis labios.

-Shst. Las cosas están bien tal como son. No quieras cambiarlas, mi niña. Nadie debe hacerlo.

-Pero es que yo estoy tan bien aquí, contigo. Y a papá le gustas mucho, lo sé.

-A mí también me gustáis mucho los dos. Pero dentro de unos días os marcharéis y yo deberé seguir aquí.

-¿Por qué? Puedes venirte con nosotros. Papá gana mucho dinero y tenemos un piso muy grande y yo...

-Mi lugar está aquí, Clara -concluyó, besándome la frente- ¿Quieres que leamos un rato?

-Vale, pero...

-Empiezo yo, ya lo sé -respondió sonriendo y tomando el libro mientras yo me convertía en un ovillo entre sus piernas... CONTINUARÁ

22 de julio de 2009

ESPUMA DE MAR CAPÍTULO IV. Y SEGUIMOS...

Con papá me lo estaba pasando en grande y conocía lo suficiente a mi madre como para saber que, en cuanto llegase, empezarían las discusiones y papá se pondría de mal humor. Y eso en el mejor de los casos. Lo peor sería que me quisiera llevar con ella. Conocía a Lucy, su amiga, y no me caía nada bien. Era una persona horrible, que me miraba como si yo fuese un bicho raro y le decía a mi madre que yo era su “penitencia” y que le tocaría cargar conmigo de por vida, que eso era el resultado de acostarse con un hombre, y un montón de cosas más que yo había escuchado por teléfono una tarde en la que, aburrida, descolgué el inalámbrico. La sola idea de pasar con ella el resto de las vacaciones me llenaba de terror, porque además eran inseparables.

-Sí, hija, sí. Me llamaba desde el aeropuerto de Atenas. Mañana las tenemos aquí -respondió papá, con los hombros encogidos y las cejas tan arrugadas como las puntillas de los huevos fritos de Jacinta.

-Pero si no caben... -solté yo en un intento de impedir que sucediese lo irremediable.

-Claro que no, pero el pueblo está lleno de hotelitos. Menuda es tu madre. Eso no le va a impedir tocarnos las pelotas, que es lo que se propone.

Ojalá le toque la habitación 1015, pensé. Con lo tiquismiquis que es mi madre, allí no aguanta ni dos días.

-Bueno. Yo, si no les importa, me marcho -dijo Jacinta con un hilo de voz, preocupada por la que había liado.

-Venga, que la llevo al pueblo -respondió papá.

-No, por mí no se preocupe, que me voy andando. Que el médico me ha dicho que me conviene andar -dijo ella.

-¿Cómo se va a ir andando hasta el pueblo? Quite, quite, que en el coche es un momento, mujer. Y no le dé más vueltas, que no es culpa suya -respondió mi padre cogiendo las llaves- ¿Te vienes, Clara?

Por supuesto. Me moría de ganas de visitar a “Edelmar” y contarle lo del “naufragio” para ver qué cara ponía.

Cuando llegamos, dejé a papá frente a una horchata doble, y me encaminé hacia mi tienda preferida. Comenzaba a anochecer en el pueblo. Ella, como si me estuviese esperando, se inclinó hacia mí en cuanto entré y me envolvió en un cálido abrazo. Llevaba una túnica azul oscuro y su olor a mar era más intenso que nunca. Sin palabras, me condujo hasta el taburete frente a su mecedora.

-¿Estás bien?- susurró con aquella voz suya tan peculiar.

-Estupendamente. Pero, ¿cómo lo sabes? -respondí sorprendida, pues por el tono de su pregunta me di cuenta de que estaba al tanto de todo.

-Sé todo lo que ocurre en el mar... Es mi vida... ¿Te apetece que leamos un poco? -dijo, abriendo el libro que tenía entre las manos. Era el de siempre, por supuesto. Bueno, después de tanto insistir, ¿por qué no?, pensé.

-Vale, pero empieza tú -le dije.

Y me contó una historia como yo no había oído jamás. Mezclaba pedacitos de lectura y el resto lo hacía de memoria. Sabía dar voz a los peces y a las estrellas de mar. De sus labios me llegaba el sonido de las olas y el silencio de los fondos marinos. Me llevó de la mano más allá de aquella tiendecita de artículos de pesca, para sumergirme en un mundo de misterio y maravilla, que me dejó regusto a sal y ganas de seguir escuchando para el resto de mis días.

La campanilla de la puerta me sobresaltó. Papá avanzaba hacia nosotras, tímidamente, mientras la voz de “Edelmar” se apagaba para dar paso a una ancha sonrisa.

-Clara, tenemos que volver a casa. Ya es muy tarde -dijo, tomándome de la mano y, dirigiéndose a “Edelmar” apuntó: –Espero que la niña no la haya molestado.

Ella inclinó la cabeza, envuelta en aquellos rizos suyos tan espectaculares y, sin dejar de sonreír, se encaminó hacia la puerta.

-Hasta mañana. ¿Puedo volver? -le pregunté.

Edelmar cabeceó con suavidad, afirmando.

Llegué a casa medio dormida, habiendo olvidado por completo las visitas del día siguiente y sin responder a papá cuando me preguntó si, por fin, “Edelmar” hablaba.

21 de julio de 2009

ESPUMA DE MAR CAPÍTULO IV, CONTINUACIÓN

-¡Papá, papá! ¡Despierta! ¡Papá, por favor, levántate! -gritaba yo, asustada. Con fuerza le empujé por los hombros y, cuando estuvo boca arriba, pude observar cómo una sonrisa le curvaba los labios de oreja a oreja, aunque parecía todavía dormido o (no quería pensarlo) ¡MUERTO! Pero me parecía a mí, por las películas, que los muertos no se ríen jamás y eso me tranquilizó. Poco a poco empezó a abrir los ojos y, al verme, dejó de sonreír y se puso en pie de un salto.

-¡Clara, pequeña! ¿Estás bien?

-Creo que sí -respondí.

-No sé qué ha pasado. Te tenía cogida cuando, de repente. te has soltado y, luego... Ha sido todo tan extraño... Como si alguien tirase de mí hacia fuera, con cuidado, con mucho cuidado... Y... No sé... Era tan agradable...

-Como si te abrazasen...

-Exacto... Bueno, está visto que lo nuestro no es la navegación, hija mía. A partir de mañana, nos dedicamos a la pesca y desde la orilla. Anda, vámonos, que por hoy ya hemos tenido bastante.

Al llegar a casa Jacinta nos tenía preparadas un montón de suculencias pero nosotros, con el susto que llevábamos encima, picoteamos un poco y nos fuimos a acostar. A la pobre mujer le contamos por encima la “aventura”, para que entendiese nuestra desgana no como un desprecio, sino como el resultado de una indigestión de agua salada y ella, en su papel de protectora y poniendo unos ojos como platos, nos mandó a la cama con una taza de tila para cada uno.

No escuché el sonido del móvil y papá tampoco, porque tan pronto como nos metimos en la cama, caímos en una especie de limbo del que resucitamos al cabo de tres horas largas. Jacinta, que en vista de lo sucedido, aguardó a que despertáramos para asegurarse de que todo iba bien, nos contó que la “Señora” había llamado y se había quedado muy preocupada al enterarse de lo del “naufragio”.

-Pero, por Dios Jacinta, ¿cómo se le ha ocurrido contárselo? -dijo mi padre escandalizado.

-Pues verá, la “Señora” me preguntó dónde estaban y cuando le dije que durmiendo, se extrañó por la niña, porque a estas horas no es normal, dijo. Y yo le dije, hombre es que después del susto que hemos tenido... Y ella dijo...

-Mire, no me interesa lo que dijo y dijeron -respondió papá, sulfurado- Lo malo es que ella, que no ha llamado en tres meses, lo haya hecho precisamente hoy y que usted le haya contado lo sucedido y, encima, lo haya llamado “naufragio”.

-Es que es lo que ha sido, usted perdone -zanjó Jacinta, haciéndose la ofendida.

-Bueno, vale, vale. No discutamos más. A lo hecho, pecho. Y además... -mi padre no acabó la frase al oír que sonaba el teléfono. –Lo que me temía... ¿Sí?... ¿Diga?... ¿Cómo?... ¿Qué tú, qué?... Ah, no. Ni hablar... ¡Que no, coño, que te quedes donde estás!... -Papá se quedó mirando el teléfono, y luego a nosotras-. Ha colgado, la muy... Y lo que es peor, que se viene para aquí.

-¿Va a venir mamá?- pregunté, con el corazón encogido...

12 de julio de 2009

ESPUMA DE MAR CAPÍTULO IV

Aquella mañana el mar estaba tan tranquilo que parecía una balsa. Pero una peliculilla de burbujas aceitosas, flotando cerca de la orilla, nos decidió a meternos enseguida en la barca y alejarnos un poco para encontrar aguas más limpias. Nos costó un poco pillarle el tranquillo al asunto del despegue pero, poco a poco, conseguimos alejarnos de la orilla casi sin apenas esfuerzo. No soplaba la más ligera brisa y parecía que no nos movíamos del mismo sitio, cuando el cielo se nubló y un golpe de aire inesperado nos disparó a toda marcha hacia el horizonte. Dejamos de ver flotadores, patines y colchones hinchables en pocos segundos para observar, con terror, cómo la parte escarpada de la costa se nos acercaba a toda velocidad. Papá intentaba dominar la barca con los remos, pero la fuerza del viento nos empujaba como si una boca gigantesca soplara sobre una cáscara vacía de nuez en medio de una balsa enorme, jugando con nosotros y llevándonos de acá para allá sin que nuestros esfuerzos sirviesen para algo.

Papá me gritó algo que no entendí, ignoro si debido al ruido de las olas y el viento ó por el susto que llevaba encima. De repente él desapareció de mi vista y un segundo más tarde, sentí que alguien tiraba de mí hacia el agua. Yo sabía nadar, mamá me había inscrito a cuantos cursillos se organizaban en la escuela y hasta había ganado una medalla en las competiciones finales de la escuela, pero aquello no era una piscina apenas agitada por un montón de niños ansiosos por llegar a la meta y salir del agua cuanto antes. Aquello eran olas de verdad y, aunque papá me agarraba con fuerza, mi espanto fue en aumento cuando vi que nuestra barquita se estrellaba contra las rocas y desaparecía descuartizada, tragada por el oleaje.

Ahora nos toca a nosotros, pensé. Abrí la boca para tomar aire pero se me llenó de agua salada. Cada vez que abría la boca me ocurría lo mismo y ya sentía un dolor muy fuerte en el pecho y ganas de vomitar, cuando todo se fundió. No más olas, no más ruido, no más viento. Ni siquiera miedo. Silencio, paz y una sensación de ser tomada en brazos y apartada de aquel espanto. Estaba dormida, mecida por las olas, y lo sabía. El olor a mar me envolvía y las algas me acunaban.

De repente, un resplandor muy fuerte me obligó a abrir los ojos. Lo hice y me encontré tumbada en la arena, lejos de la orilla y con el sol dándome de lleno en la cara. Me incorporé y vi a papá tumbado unos metros más allá, boca abajo. Parecía dormido...

RECETAS FÁCILES

Y todo el mundo se preguntará a santo de qué esta foto para una receta de cocina. Pues bien, como todo tiene una explicación en esta vida, allá va... ¿No os ha ocurrido a menudo el no saber qué hacer un domingo que amanece gris, lluvioso y cargado de malos augurios? Pues yo he dado con la solución... ¡Eh, voilá! ¡Vamos a cocinar! Platos fáciles, apetitosos y alegres. Veréis cómo de este modo os cambia el día y el humor, puesto que no podemos mejorar el clima.

CANELONES DE CALABACÍN
Ingredientes: 1 calabacín, queso de cabra o queso azul, 2 tomates, un puñado de nueces y unas hojas de menta.

Preparación: Cortar el calabacín en láminas finas a lo largo. Pasar por la sartén con poco aceite. Escurrir sobre papel absorbente y colocar en una bandeja solapando las láminas. Pelar y cortar los tomates en trozos pequeños. Lo mismo con el queso. Picar la menta junto con las nueces en un mortero.

Y montar el plato: Colocar todos los ingredientes sobre las láminas de calabacín y enrollar. Salpimentar. Puede presentarse entero o en porciones. El éxito está asegurado de antemano.

¡SUERTE Y A DISFRUTAR!

6 de julio de 2009

ESPUMA DE MAR CAPÍTULO III SIGUIENDO...

Ella rió abiertamente sin emitir ningún sonido, tomó una gran bocanada de aire y lentamente, como si le costase un gran esfuerzo, acercó su boca a mi oído y susurró con una voz extraña, profunda y oscura:

-Los cuentos son el único motivo por el que vale la pena emitir sonidos.

-Pues a mí no me gustan. Prefiero los cómics.

“Edelmar” arrugó la nariz en un cómico gesto y volvió a sonreír. Llenó sus pulmones de aire, nuevamente, y dijo:

-Si quieres podemos leer estos entre las dos. Te gustarán, estoy segura. Puedes venir siempre que quieras. Yo estaré aquí.

-Bueno, se lo diré a papá. Y ahora tengo que marcharme, seguro que ya me estarán buscando. Adiós.

Ella no respondió, devolviéndome el saludo con la mano. Al salir casi choqué con él, que entraba con rostro preocupado.

-¿Se puede saber dónde te habías metido? Hace un buen rato que te busco.

-Estaba aquí.

-Eso ya lo veo. Oye, dejémonos de conversaciones sin sentido. Otro día me avisas cuando pienses marcharte, ¿vale?

-Vale.

No sabía por qué, pero no tenía ganas de contarle a mi padre la novedad que acababa de descubrir. Aunque “Edelmar” no me hubiese pedido que guardase en secreto lo de su voz, de alguna manera me parecía una traición contárselo a alguien, a pesar de que ese alguien fuese un padre recién adquirido. Preferí mantenerme en silencio.

Una vez descargada la compra, papá y yo hinchamos la barquita y nos fuimos a la playa mientras Jacinta, siempre canturreando, se dedicaba a preparar comidas y cenas como una posesa.

CAPÍTULO IV EN LA PRÓXIMA ENTREGA...

1 de julio de 2009

ESPUMA DE MAR CAPÍTULO III CONTINUACIÓN...

Jacinta resultó una persona tierna y entrañable que se ocupó de nosotros desde el primer día con amor de abuela; sobretodo de mí, en cuanto se enteró que mi madre nos había abandonado. Desde el instante en que apareció por la puerta, una actividad febril se desató dentro de la casa y sus alrededores.

Nos despertó el aroma a pan tostado y un estruendo infernal de cacharros en la cocina.

-¡Clara, rápido, la casa se nos viene encima!, anunció mi padre con ojos desorbitados, sacándome de la cama y arrastrándome hacia la salida. En la cocina topamos con un ser regordete y sonriente que, sartén en ristre, se disponía a freír un par de huevos.

-¡Hola! Buenos días. ¿No les habré despertado, verdad? -dijo, mientras cascaba los huevos con aire de cocinera experimentada– Nada como un buen desayuno para empezar el día con alegría. Lo dicen en la radio, bueno ellos dicen energía pero yo lo he cambiado porque donde haya alegría lo demás viene solo. Hala, hala, siéntense, que esto está ya listo.

En la mesa había tostadas, mantequilla, queso, fruta, leche y un par de hermosos y tostaditos huevos recién salidos de la sartén. Supongo que papá, ante tantas exquisiteces, se contuvo de regañarla por el susto que había recibido unos segundos antes. Nos dispusimos a devorar el ágape como leones con hambre atrasada.


-Y, ¿de dónde ha salido todo esto? -preguntó mi padre con la boca llena de huevo, señalando las viandas.

-Oh, lo he traído del pueblo aprovechando que hoy mi Jose me traía en la furgoneta. No sabía si tendrían ustedes algo para desayunar y, la verdad, es que nunca había visto una nevera tan vacía. Vamos, que por no haber no hay nada, ni una miserable pieza de fruta. Y esta criatura necesita alimentarse, que el mar desgasta mucho -dijo, mirando a mi padre con aire de reprobación- Vamos, que el Antonio de la agencia me dijo que viniese un día por semana a limpiar, pero si usted quiere puedo venir más días y les cocino un poco. Yo no tengo hijos, ya ve usted cosas de la vida, y mi Jose se pasa todo el día en los campos de allá arriba, así que si después de desayunar me lleva al pueblo, le puedo llenar la nevera de cosas ricas. ¿Qué le parece? -terminó, cruzando las manitas regordetas por encima del delantal.

-Me parece estupendo. Señora, acaba usted de arreglarme las vacaciones. Ahora mismo me doy una ducha y nos vamos.

Mientras Jacinta y mi padre andaban de acá para allá, llenando el coche de comida hasta el techo, decidí hacerle una visita a “Edelmar”. Ella estaba sentada en la mecedora del rincón, leyendo un libro y al oír la campanilla de la puerta, levantó la vista y, sonriendo me instó a acercarme. Señaló un taburete frente a ella donde me instalé. Vestía de nuevo una túnica blanca, parecida a la de la mañana anterior y, me ofreció el libro que estaba leyendo, mientras se recogía la larga cabellera hacia atrás con aquella suavidad de gestos que me tenía maravillada. Vi que el libro era el mismo que nos había vendido la tarde anterior.

-“Cuentos del mar” -leí- Yo no creo en los cuentos, son aburridos, y además no me gusta leer. ¿Oye, no puedes hablar? ¿Eres muda?

Ella rió abiertamente sin emitir ningún sonido, tomó una gran bocanada de aire y lentamente, como si le costase un gran esfuerzo, acercó su boca a mi oído y susurró con una voz extraña, profunda y oscura... CONTINUARÁ...

20 de junio de 2009

ESPUMA DE MAR CAPÍTULO III

Papá hacía como que buscaba entre las hileras de libros, aunque se le notaba de lejos por las rápidas ojeadas hacia el rincón de la mecedora, que lo de los libros había sido una simple excusa. Pero ella no estaba allí. Apareció al cabo de unos minutos, de detrás de unas cortinas. Había cambiado la túnica blanca de la mañana por otra de color naranja. Sonriente y silenciosa, se acercó a la estantería y tomando un par de pequeños volúmenes vino hacia mí y me los entregó. Al hacerlo se desprendió de su piel un intenso olor a sal, a agua de mar, extraño, pero muy agradable y fresco. Nadie usaba perfumes salados, que yo supiera. Tenía que preguntárselo a papá.

-¡Mm!... “Cuentos del mar”, -leyó él, acercándose a nosotras– Muy apropiados. No conozco al autor. Claro que yo no entiendo nada sobre cuentos.

Ella, sin dejar de sonreír, detuvo la mirada en el montón que papá traía en las manos.

-¡Oh! Distracción para las vacaciones. -comentó él, intentando hacerse el gracioso- Necesito relajarme y estas viejas novelas de detectives me irán de perlas. Por cierto, Clara, ¿qué tal unas cañas de pescar?... ¿Y esa barquita hinchable?...


Total, cuando salimos a la calle de nuevo, éramos portadores de la mitad de los artículos que había en la tienda. Pero mi padre no había conseguido arrancar ni un suspiro de la hermosa boca de la mujer. Descargamos los bártulos en el coche y regresamos a la pescadería que, a esas alturas, se encontraba llena hasta los topes de parroquianos en busca de pescado fresco para la cena. Tras tan agotadoras compras, papá propuso tomarnos una horchata fresquita en la terraza de una heladería.

-Papá, ¿tú crees que es muda?-

-¿Qué?... ¿Eh?...¿Quién?... -preguntó él, aunque estoy segura que se encontraba pensando en la misma persona que yo.

-Pues ella. La mujer de la tienda. No habla nunca -respondí, dando un gran sorbo que me llenó la boca de zumo de chufa fresquito y dulce.

-Mm, pues no sé, un poco enigmática sí es, la verdad. ¡Mira quién viene por aquí! A lo mejor él nos puede aclarar algo al respecto. -Dijo, mientras se levantaba para saludar a... ¡Oh, no! El hombre de la visera. ¿Es que no había nadie más en todo el pueblo con quien mi padre pudiese conversar? Sin saber por qué, aquel hombre no me gustaba nada.

-Buenas tardes, preciosa -dijo él, soltando la gorra por un momento, para enredarme el pelo de mala manera (ahora sabía por qué no me gustaba) -¡Uf! Parece mentira que pueda hacer tanto calor a estas horas de la tarde- Y volvió a calarse la visera hasta los ojos, a pesar de que en la terraza ya no quedaba ni un miserable hilito de sol. -¿Qué, tomando una horchatita, eh? Bien hecho, bien hecho, las vacaciones son para disfrutarlas. Benditos los que pueden descansar en verano. ¿Todo en orden por la casa? Si necesitan algo, lo que sea, ya sabe que no tiene más que pedírmelo. Estoy a su disposición para lo que precise. Faltaría más.

-Todo anda bien, de momento, -respondió mi padre. -Por cierto, una curiosidad. La dueña de la tienda de artículos de pesca, ¿es muda? Es que hemos ido dos veces hoy a por cosas, y nos tiene intrigados lo silenciosa que resulta.

-Un poco rara sí que es, sí. Pero no le sé decir. Ando todo el día de acá para allá con los terrenos y los alquileres y, la compra-venta de casas, y la verdad, es que no le sé decir. A propósito de mujeres, mañana le enviaré a Jacinta para que le haga la limpieza de la casa, tal como quedamos. ¡Uy! –soltó de repente, arrancándose la gorra de un manotazo -Me marcho, que acabo de ver a una persona que me debe el alquiler de un apartamento y se me escaquea siempre que puede. ¡Hala, a seguir disfrutando!- Y retorciendo la visera con las dos manos, desapareció por una esquina.

A pesar de lo bien que se nos había dado el día, la primera cena en la casa resultó un desastre, ya que, por muy fresco que estuviese el pescado, la buena voluntad no bastó para prepararlo de una forma apetecible. Nuestra primera duda apareció antes de cocinarlo. ¿Cómo limpiarlo? Bajo el grifo, naturalmente. ¿Con poco aceite o mucho? Decidimos que media sartén bastaría. Con el aceite a medio calentar, a papá le asaltó una urgencia inesperada y me advirtió que no me acercase a los fogones, que él iba al baño y volvía enseguida, pero cuando lo hizo, una gran humareda impedía distinguir siquiera dónde se encontraba la sartén. Soltó los dos animales dentro del aceite hirviendo y aquello se convirtió en una falla valenciana. Mientras papá gritaba pidiendo una toalla, imaginé lo peor.

Veía la casa ardiendo por los cuatro costados y a nosotros otra vez metidos en la mini habitación 1015, soportando al monstruo de la visera. Por suerte, mi padre consiguió sofocar el fuego a tiempo y sólo resultó dañada la toalla, que fue a parar a la basura con un agujero mayor que el de la capa de ozono.

Una vez la cena en el plato, nos dimos cuenta de que al pescado es mejor sacarle las tripas antes de cocinarlo, pues de lo contrario resulta bastante repugnante. Le dimos unos cuantos bocados, por pura hambre, y papá decidió que lo mejor sería hablar con la tal Jacinta al día siguiente por si la mujer, aparte de la limpieza, se avenía a cocinar para nosotros.

Tras la “cena”, decidimos bajar un ratito a la playa a matar las penas. Tomamos asiento cerca de la orilla y, mientras mi padre se entretenía lanzando piedras al mar, yo me tumbé boca arriba para contemplar las estrellas. Había un montón, muchísimas más que en Barcelona. Papá dijo que eso era porque la polución lumínica no nos permitía observarlas pero que, de hecho, había las mismas. Luego señaló la luna y dijo que estaba en cuarto creciente, porque tenía la barriga a la derecha y que, en pocos días, la veríamos crecer hasta hacerse redonda como un globo.

De repente, sin saber por qué, volví la cabeza hacia mi izquierda en dirección al pueblo y, recortándose contra las luces del fondo, distinguí una larga y estilizada silueta andando por la orilla, casi fundida con las olas, que empezaba a resultarme muy familiar. Con el codo advertí a papá, señalando hacia donde ella se encontraba.

-“Edelmar” -dijo mi padre en un susurro– Le sienta bien el nombre, ¿no crees?

-“Edelmar” -respondí, asintiendo -Me gusta....

19 de junio de 2009

FOTO ESPUMA DE MAR

Esta espuma de mar de Cabo Verde sirvió de inspiración para el cuento, del mismo título, que estoy publicando por partes.

ESPUMA DE MAR... E. DEL MAR... EDELMAR...

Hermoso nombre para una enigmática mujer.

Clara y su padre, recién separado, alquilan una casita cerca del mar en un pueblo de la costa catalana. Allí se encuentran con una mujer de belleza extraña y misteriosa. Para Clara, este descubrimiento cambiará su percepción de las cosas y servirá de acicate para unas vacaciones que amenazaban con resultar aburridas.

16 de junio de 2009

ESPUMA DE MAR CAPÍTULO II Y SIGUE...

..."De vuelta a casa, papá se dedicó a sestear, mientras yo seguía en remojo dentro de la balsa. Si todo seguía como hasta ahora, pensaba mientras observaba el ir y venir imparable de las hormigas al borde del agua, estas vacaciones podrían ser el comienzo de algo desconocido para mí hasta el momento. Por primera vez en mi corta vida, yo parecía existir no sólo como motivo de discordia, sino como ente, como ser humano, y eso me hacía sentir importante y experimentar hacia mi padre un cariño que sentía crecer segundo a segundo.

-¡Bien, bien, bien!- Saltaba dentro de la balsa. -¡Bien, bien, bien! -gritaba mientras corría entre los árboles– ¡Bien, bien, bi...

-Pero niña, ¿a qué viene tanto alboroto? ¿Es que no va a poder uno descansar ni estando de vacaciones? -exclamó mi padre, apareciendo con el pelo revuelto y cara de sueño.

-¡Te quiero papaíto! -le dije, abrazada a su cintura, mientras le besuqueaba el ombligo.

-¡Uy, uy! No te pongas melosa y, sobretodo, no me llames papaíto, ni papito, ni ninguna de esas tonterías almibaradas, si no quieres acabar pareciendo un personaje de dibujos animados.Venga, vístete, mientras me doy una ducha y nos vamos al pueblo. Porque habrá que comprar comida para estos días, digo yo. Ah, y algún libro, que con las prisas, no me traje ninguno.

-Pero, papá, si traías un montón en la maleta...


-Esos no cuentan. Son de trabajo. Y no me fiscalices las cosas o acabarás pareciéndote a tu madre, y sólo me faltaría eso -se alejó refunfuñando camino del baño.

En la pescadería estaban descargando montones de cajas húmedas y relucientes, todavía oliendo a mar, así que tuvimos que esperar. Como el calor apretaba, a pesar de que ya eran las siete de la tarde, enfilamos calle arriba, para hacer tiempo, en dirección a la tienda de bañadores donde papá dijo haber visto unos libros que le interesaban. Antes de entrar, leyó en voz alta el rótulo que lucía en lo alto de la puerta, escrito en grandes letras blancas sobre un fondo de madera oscura.


-E. Del Mar. “Edelmar”, bonito nombre -dijo, uniendo las letras y, sin acordarse de que yo iba tras él como la cola de una cometa, me cerró la puerta en las narices. Abrí con dificultad, pues era una puerta maciza y pesada y me colé en la oscuridad y el frescor de nevera que parecía mantener siempre el establecimiento, aunque no hubiese aparato de aire acondicionado por parte alguna..."

CONTINUARÁ... O NO... TODO DEPENDE DE VOSOTROS...




9 de junio de 2009

ESPUMA DE MAR CAPÍTULO II

CONTINUACIÓN
"...Había permanecido todo el tiempo allí, en silencio, observándonos desde el rincón más oscuro de la tienda, sentada en una mecedora que todavía balanceaba mientras ella se acercaba lentamente hacia nosotros con paso ondulante. Era una mujer alta, casi tanto como mi padre; que se había hecho traer un modelo especial de inodoro de Francia, de pié más alto que los nacionales, porque decía que se le cortaba la circulación de las piernas cuando permanecía sentado más de la cuenta en el baño. El cabello, larguísimo y rizado tenía un color indefinido entre el azul turquesa y el verde mar, aunque con mechones rojizos entremezclados y le caía abundante y espeso hasta las rodillas. Vestía una larga túnica blanca, flotante, con anchas mangas hasta las muñecas, de donde emergían unas manos largas, terminadas en delicados dedos que asieron el bañador que mi padre sostenía embobado, a la vez que le invitaba con un suave movimiento de cabeza a seguirle hacia una cortina, detrás de la cual, se hallaba el probador.

Ella regresó hasta donde yo me encontraba, dedicándome una sonrisa de las que a mí me gustaban, ancha, sincera, afectuosa. Me acarició el pelo con suavidad, peinándolo hacia atrás con sus finos dedos, no revolviéndolo como hacía el resto de la humanidad, que lo mismo les daba acariciar a los niños que a los perros y ya parecía que iba a hablar, cuando apareció mi padre diciendo que se quedaba con el bañador. Ella asintió suavemente inclinando la cabeza, tomó el dinero y siguió sonriendo, hasta que decidimos marcharnos, pues el silencio comenzaba a ser tenso y a nosotros no se nos ocurría nada más que comprar.

El sol y el calor nos golpearon con fuerza al salir y eso nos hizo despertar y recordar el objetivo del día. El mar, la playa, las vacaciones en una palabra.

Me pasé toda la mañana en el agua, chapoteando, salpicando a papá y poniéndome impertinente y pesada como suelen ser los niños recién separados. Pero a él no parecía importarle. Estaba como ausente, todavía traumatizado por la visión de la magnífica mujer de la tienda. Aprovechando la circunstancia me atiborré de patatas fritas, coca-cola y helados en un chiringuito que había instalado en un extremo de la playa y en el que recalamos al mediodía para reponer fuerzas"... CONTINUARÁ

CORTO KAN SÉSAM

UN CORTO DE SUSPENSE Y ACCIÓN, CON UN FINAL DESESPERADO...

Un grupo de okupas, desalojados de una vivienda, descubren una casa deshabitada en medio del bosque. Una vez instalados, se desencadenan una serie de fenómenos extraños...

(versión en catalán)

www.dailymotion.com/video/x9bjl4_kan-sesam_shortfilms

8 de junio de 2009

ESPUMA DE MAR CAPÍTULO II

"La casa, una vez limpia de polvo, telarañas y demás bichos, resultó un encanto. Pequeña, pero más que suficiente para nosotros, disponía de salón-comedor- cocina, dos dormitorios y un baño. El jardín, enorme y desbrozado de maleza, poseía además una balsa rebosante de agua helada proveniente de un pozo, donde refrescarnos al volver de la playa. A mí, que me había gustado desde el principio a pesar de sus deficiencias, me pareció el lugar más maravilloso del mundo. El estrangulador de gorras nos acompañó, esta vez, en nuestro recorrido de inspección hasta obtener la aprobación de mi padre y un talón por el importe del alquiler.

Una vez solos, nos dedicamos a distribuir el contenido de las maletas entre las estanterías y un diminuto armario empotrado, cuando mi padre soltó un juramento.

-¿Será posible? Si es que era de esperar, no puede uno tener la cabeza en tantos sitios. ¡Pero esto es el colmo! -farfullaba mientras iba desperdigando sus ropas y libros por la cama, el suelo, la mesita, en fin, por todas partes. Mientras yo, sumisa como siempre, esperaba apoyada en el quicio de la puerta intentando adivinar el motivo de tanto alboroto.

-¡El bañador! ¡No he cogido el bañador! ¿Tú crees que es normal? Juraría que lo puse en la maleta...

Yo me encogí de hombros, aunque respiré aliviada. Por un momento había temido algo peor. Él se volvió hacia mí.

-Vamos, anda, vamos a comprar un bañador para el despistado de tu padre.

Y de vuelta al pueblo. Me parecía una situación extraña, vivida anteriormente. La casa, el jardín, la playa y otra vez en coche hacia el pueblo. Por un momento temí que me ocurriese algo parecido a lo de una película que había visto un sábado en televisión en la que un hombre del tiempo revive la misma situación una vez y otra, y otra, hasta llegar al desquiciamiento total.

Por suerte, en la tienda de artículos de pesca, donde había de todo lo inimaginable, no encontramos al hombre de la visera. Eso hubiera sido el colmo de la pesadilla. El local era oscuro y fresco, y costaba distinguir los artículos hasta que, pasado un cierto tiempo, la vista se acostumbraba a la falta de luz. El suelo, revestido de tablas de madera envejecidas, desprendía un ligero olor a rancio y a polvo estancado. Había redes colgadas de las vigas, cuadros con nudos marineros, jerséis listados, cortinas de cuentas de colores, flotadores, abanicos, estanterías repletas de libros y, colgados de unas pequeñas perchas con pinza, por fin, bañadores.

-¡Mira, papá, aquí! -grité feliz, al solventar el último obstáculo que me impedía ir a la playa con mi padre-. ¡Hay muchos, seguro que encontramos uno de tu medida!

-Vale, vale. No alborotes tanto. Tampoco hace falta que se entere todo el pueblo. -Contestó, acercándose donde yo señalaba. Tomó uno azul oscuro y se quedó con él en la mano, dudando hacia donde encaminarse para probarlo.

Y entonces apareció..."

4 de junio de 2009

ESPUMA DE MAR

CAPÍTULO II ...Y SEGUIMOS...

"...Regresamos al coche, para volver a aparcarlo unas calles más abajo, frente a un pequeño hotel situado a pocos metros de la playa del pueblo. El hombre de la visera estrangulada, corredor de fondo por lo visto, apareció cabeceando sonriente tras el mostrador de recepción. Sin mediar palabra, le alcanzó una llave a mi padre.

La habitación número 1015 era un reducido cubículo con dos camas gemelas y una silla en medio, a modo de mesita, donde descansaba un teléfono de color gris. El baño, más liliputiense que la habitación si cabe, tenía la alcachofa de la ducha dirigida al inodoro, posición muy cómoda si se tiene en cuenta el ahorro considerable de tiempo que puede significar el hacer dos cosas a la vez en un día en que las prisas y las necesidades urgentes te aprieten más de la cuenta.

Pero mi padre no disponía del suficiente sentido del humor como para valorar ciertas cosas. Tras inspeccionar los pocos enseres del habitáculo mientras resoplaba por las narices como un dragón prehistórico, salió al balcón que, para asombro de ambos, resultó ser la pieza con más metros y mejor amueblada de todo el conjunto. En ese momento dejó de resoplar y se instaló en una de las tumbonas, encendió un cigarrillo y se dedicó a contemplar el mar, o el horizonte, o el cielo, es decir, lo contempló todo menos a mí.

-Papá, tengo hambre.- Solté sin miramientos, aunque en voz baja por aquello de no resultar impertinente.

Él me miró y sonrió como sólo mi padre sabía hacerlo en determinadas y escasas circunstancias. Su sonrisa era amplia, grande y rellenita de dientes blancos y parejos. Además, cuando sonreía de ese modo, los ojos pasaban del gris oscuro que era el color más habitual en su mirada, a un verde luminoso y destellante. Vamos, una sonrisa de cine. Las amigas de mamá solían cuchichear entre ellas comentando lo muy guapo que era mi padre. Para mí sólo era eso, mi padre. Pero cuando sonreía de aquel modo, recordaba sus comadreos y me ponía de su parte. Como en aquel momento, sobretodo cuando alargó su brazo izquierdo hacia mí, sin dejar de sonreír:

-Ven aquí, anda. Mi pobre niña, a la que nadie hace caso, y menos que nadie este desalmado que tiene por padre. Mira, en cuanto nos duchemos y nos pongamos ropa limpia, saldremos a cenar, ¿te parece?...

A mí me requeteparecía. Abrazada, besada mimada, duchada y cenada. ¿Qué más podía pedirle a la vida?..."

CONTINUARÁ...



2 de junio de 2009

ESPUMA DE MAR

CAPÍTULO II, SIGUIENDO...

"...A mí los pelos del cuerpo se me erizaron nada más entrar, no tanto por el nerviosismo de aquella extraña situación que no entendía, como por la brusquedad de cambio climático. Siempre he sido friolera y no creo exagerar ni un ápice si afirmo que la temperatura del lugar apenas debía rozar los quince grados centígrados. Además a papá se le terció sentarse, justo, bajo el chorro helado del aparato de aire con lo cual, a los pocos segundos, se me disparó una tiritera imparable con el consiguiente castañeteo de dientes que acabó con la poca paciencia disponible del autor de mis días.

-¿Quieres hacer el favor de no meter tanto ruido y quedarte quieta de una vez? -me espetó, mientras me dirigía una mirada furibunda. -¿Se puede saber qué narices te pasa? ¿No puedes comportarte como una niña normal por una vez en tu vida?

Me hubiese gustado contarle con detenimiento que las niñas normales andaban por la calle paseando bajo temperaturas razonables para un mes de Agosto, que no eran zarandeadas de acá para allá sin que mediasen explicaciones de ningún tipo y que solían andar comidas a las seis de la tarde con algo más que un vaso de leche con galletas ingerido a toda prisa a las doce del mediodía antes de subir al coche. Que las niñas normales lloraban y se quejaban por todo, principalmente cuando, como yo, empezaban a sentir un tremebundo dolor de cabeza y unos pinchazos terribles en medio de la espalda, señales inequívocas de que el bajón de temperatura y la inanición que andaba sufriendo me estaban bajando las defensas y provocando el comienzo de un catarrazo de muy señor mío. Que para deducir eso no hacía falta ser médico, ni traumatólogo, ni nada de nada, sino simplemente observador y un poco cuidadoso con la niña en cuestión.

Pero en el caso de mi padre, toda esta perorata hubiese sido inútil y fuera de lugar. Después de todo, él tampoco era un padre normal. Así es que me limité a poner cara de niña buena y un poco boba y pedí por el baño, donde me instalé por un buen rato bajo el secador automático de manos que devolvió temperatura a mi cuerpo y valor para seguir aguantando.

Salí del baño reconfortada y ya me dirigía a la mesa, cuando descubrí que mi lugar había sido ocupado por un desconocido calzado con unas chancletas viejas, vaqueros recortados por la rodilla y una gorra de visera que descansaba junto a mi vaso de agua, y con el que mi padre mantenía animada conversación. Me entretuve observando las tapas expuestas tras una vitrina de cristal sobre el mostrador mientras notaba que una acumulación excesiva de saliva amenazaba con atragantarme. Allí había de todo y tenía una pinta excelente. Patatas fritas, doraditas y crujientes, gambas con ajitos, huevos duros rellenos, aceitunas, croquetas, calamares y un sinfín de exquisiteces esperando ser devoradas por cualquier cliente caprichoso y, probablemente, menos hambriento que yo.

El dueño del bar, atraído sin duda por la penetrante mirada que dirigía una servidora a tan atractivas viandas, se me acercó tentador.

-¿Te apetece alguna cosa, bonita? ¿Unas bravas? No las hacemos muy picantes. ¿Prefieres unos calamares? Recién pescados esta mañana. Están riquísimos...

El hombre había alzado la voz, con la clara intención de que sus ofrecimientos llegasen a oídos de mi padre, pero éste se encontraba demasiado enfrascado en su conversación con el otro como para enterarse de nada, así que decidí abandonar mi puesto de observación y acercarme hasta la mesa con el objetivo de distraer mis cuitas con otros temas menos dolientes. Al llegar, los dos hombres se pusieron en pié, pero no debido a mi presencia, sino porque se estaban despidiendo.

-Entonces, mañana por la mañana, a las diez en la casa. Y esta vez espero que todo esté correcto -decía mi padre, dando el asunto por concluido. Yo, aunque desconocía la conversación mantenida, me quedé con la frase que me interesaba, es decir, la de que a las diez en la casa. Bueno, por fin parecía que todo iba a terminar bien. El otro hombre, todo sonrisas, se alejaba hacia la salida cabeceando afirmativamente mientras retorcía la visera de la gorra con ambas manos como si pretendiese estrangularla. Por fin desapareció y mi padre volvió a tomar conciencia que no estaba solo en el mundo, cuando dijo:

-Venga, niña, vámonos.

Regresamos al coche, para volver a aparcarlo unas calles más abajo, frente a un pequeño hotel situado a pocos metros de la playa del pueblo. El hombre de la visera estrangulada, corredor de fondo por lo visto, apareció cabeceando sonriente tras el mostrador de recepción. Sin mediar palabra, le alcanzó una llave a mi padre..."

22 de mayo de 2009

"ESPUMA DE MAR" Capítulo II CONTINUACIÓN...

-¡Esto no se puede consentir!- rugía mi pater amantísimo. –¡Me han alquilado una pocilga a precio de mansión! ¡Como no me den una satisfacción inmediata y ahora mismo, voy a ponerles una denuncia por estafa y publicidad engañosa ! ¡Acabo de llegar con una niña de siete años (¡Oh, gran sorpresa!. ¡Yo contaba! ¡Se acordaba de mí! El corazón me dio un vuelco al sentirme nombrada) y esto es un estercolero! El grado de insalubridad es manifiesto. Daré parte a Sanidad Pública y... -Algo interrumpió su magnífica perorata y, a juzgar por su inmediato cambio de tono, debió tratarse de una respuesta sumamente importante.

-Está bien, si es así, de acuerdo... ¿Dentro de media hora?... Allí estaré. -Y terminó, disponiéndose a salir, cuando tropezó conmigo.

-¡Por Dios, Clara, siempre agazapada por los rincones como un fantasma! Venga, vámonos -dijo subiendo al coche.

¡Oh, no! Todos mis sueños pisoteados con una simple llamada telefónica. Odiaba los móviles, los odiaba con todas mis fuerzas. ¿Sin casa? ¿Sin jardín? ¿Sin playa? ¿Sin vacaciones? Por un instante deseé morir, mientras permanecía en estado catatónico detenida entre la puerta de la casa y la trasera del coche. -¿No me has oído? No te quedes ahí como un pasmarote, nos están esperando. ¡Vamos! -gritó, poniendo el coche en marcha.

-Pero, papá...- Aventuré en voz baja una vez ya instalada en el vehículo, en un intento por cambiar las cosas dentro de mis escasas posibilidades. Pero él no me escuchaba. Apretó el acelerador y con un rugido espantoso abandonamos aquel rincón paradisíaco para sumergirnos en un laberinto de calles atestadas de turistas en pantalón corto y niños lamedores de helados que se dejaban arrastrar por sus padres a la busca y captura de un rincón sombreado donde soplara una ligera brisa, mientras contemplaban la caída de la tarde. Mi padre, más drástico, aparcó en una explanada habilitada para tal fin y me empujó hacia el interior de un local climatizado, en cuya entrada lucía un cartel con el rimbombante nombre de “Bar Paradiso”.

21 de mayo de 2009

"ESPUMA DE MAR" Capítulo II

Papá se quedó plantado ante la puerta de la casa, con las llaves en la mano, incapaz de reaccionar y con mirada de zombie. Yo, más habituada que él a los desengaños con que nos suele obsequiar la vida, me lancé camino abajo a todo correr hasta dar con la orilla del mar. Allí me quité las sandalias nuevas que mamá había traído de Florencia en primavera, sumergí los pies en el agua transparente y me senté frente a aquella inmensidad marina para meditar sobre mi pequeña vida.

Tenía un mes por delante para intentar conquistar a mi padre y demostrarle que, servidora, era algo más que un parásito pegado a él para los restos. Una casa que, aunque no fuese ninguna maravilla, serviría para acogernos en su regazo durante las horas de intenso calor y las noches sofocante. Un jardín grande en el que perderme cuando él necesitase estar solo y, además, una playa inmensa llena de guijarros de distintos colores inundada de agua aterciopelada y cálida, aunque con alguna cagarrutilla flotante, ahora que la observaba con detenimiento. Pero eso carecía de importancia para mí en aquellos instantes en que, por primera vez en mi vida, comenzaba a creer que ésta podía tener algún sentido y notaba un cosquilleo inquieto en el estómago con algo parecido a lo que podría considerarse una inminente señal de felicidad. Nada ni nadie iba a estropearlo, de eso estaba bien convencida.


Animada por estas nuevas y desconocidas sensaciones, me calcé las sandalias de nuevo y regresé a la casa decidida a consolar al autor de mis días que, con toda seguridad, se encontraría llorando sus miserias en algún rincón polvoriento, agarrado a las telarañas.

La puerta estaba abierta y a mi padre no se le veía por parte alguna, cuando me pareció oírle conversar. ¡Jo, el pobre estaba peor de lo que yo suponía! Acostumbrada a pasar lo más desapercibida posible, me aposté junto a la entrada del comedor y agucé el oído...


Continuará...

14 de mayo de 2009

Historias


¿Queréis que os cuente un cuento? Se titula "Espuma de Mar" y comienza así...

"Jamás creí en los cuentos de hadas. Los que mamá me contaba antes de acostarme -todavía oliendo a perfume caro, oficina y estrés-, eran rápidos y contundentes sin añadir ni quitar una coma a lo preestablecido. Sus relatos eran precisos (junto al sofá esperaba el trabajo, en formato Dina4, dentro de su maletín de ejecutiva) y, probablemente, lo hacía siguiendo las instrucciones contenidas en algún manual para madres principiantes consumido durante mi gestación entre proyecto y proyecto, para no tener que sentirse culpable más tarde por la poca atención que suponía habría de dispensarme..."
¡Uff! ¡Se me ha hecho tardísimo! Mañana seguimos, ¿vale?...

CONTINUACIÓN:
"Papá era médico traumatólogo, profesión a la que había accedido tras cinco años de matrimonio e intensos estudios, mientras mamá trabajaba día y noche diseñando “preciosas” colecciones para niños futuristas que parecían arrancadas de las mejores novelas de Julio Verne.
Por lo visto en su estructura matrimonial no estaba prevista mi concepción, previa a unos supuestos triunfos laborales mutuos. Digamos que fui el resultado de un error de cálculo en dos seres calculadores en exceso. Pero la Naturaleza, no siempre dispuesta a ceder terreno a los absurdos proyectos humanos, erró sus elaborados planes y en ésas aparecí yo. Nací llorona y soñadora, qué se le va a hacer, y si yo no entraba en los cálculos de la pareja, esta doble faceta mía terminó por desestructurarlos. Mamá sobrellevó mis primeros dos años de vida con unas ojeras profundas y acuosas que la sacaban de quicio cada vez que se contemplaba en el espejo durante sus largas sesiones de maquillaje; aunque, más tarde, habrían de prestar a su mirada, más bien plana, una profundidad que le sentaría de maravilla. Papá me ignoraba, bien por mi aparición sorpresiva cuando se encontraba a punto de finalizar sus estudios, bien porque los mismos no le permitían desviar la vista un palmo más allá de los libros y el bocadillo con litros de coca-cola con que acompañaba sus largas concentraciones..."
¿QUERÉIS QUE SIGA?

SEGUIMOS...
"En cuanto pisé la guardería mi llanto diurno cesó. Descubrí que existían más seres diminutos como yo en el mundo. Pequeños, indefensos é incómodos. No estaba sola en mi desgracia. El primer día de curso el llanto de mis futuros colegas llenaba las aulas, desbordándose por puertas y ventanas y colapsando la estrecha calle. Ante tanta lágrima desgarradora, yo callé. ¿Para qué armar tanto alboroto donde nadie te va a oír? Callé, observé y llegué a la conclusión de que mi situación podía mejorar con el tiempo. De hecho, al tercer día, cesaron los llantos y empezamos a jugar y familiarizarnos unos con otros. Los juguetes no eran tan hermosos y abundantes como los que llenaban mi habitación, pero el hecho de compartirlos y hasta pelear por ellos con el resto de enanos desgraciados, los hacía mucho más interesantes que aquel montón de plástico bien ordenado que reposaba en las tristes estanterías hogareñas y con el que mis padres pretendían llenar mi vida de otras faltas mayores..."

Y MÁS...
"De noche, sin embargo, la potencia de mis descansados pulmones retumbaba por los pasillos y en los oídos de mi padre que, con tapones de silicona en los orificios de los mismos, se esforzaba en concentrarse en la diminuta letra de los textos médicos. Hasta que mamá empezó con sus narraciones nocturnas que, aunque jamás fueron motivo de gran interés para mí, por lo menos intentaban demostrarme que le importaba un poquitín y con eso tuve suficiente por un tiempo. Hasta que cumplí siete años.
Por aquel entonces papá era ya todo un señor doctor pluriempleado que aparecía esporádicamente en el ámbito familiar para cambiarse de ropa y dormir unas horas mientras que mamá, adorada y festejada en todas las ferias y certámenes de moda infantil, me dejaba en manos de canguros cada vez más inexpertas e ineficaces. Hasta que un buen día, mientras me encontraba rellenando de colorines unos bocetos que mamá debía presentar para la nueva colección de Primavera-Verano, y que yo le había hurtado del maletín sin que se enterase, les oí discutir..."
"No es que se tratase de un hecho inusual entre ellos, simplemente era algo que sucedía sólo muy de vez en cuando porque coincidían en casa cada vez con menor frecuencia. Ese día, sin embargo, el asunto me sorprendió por varios motivos. El primero fue el tono suave, casi susurrante, de la discusión. Ahí solté los lápices de color y agucé el oído sin éxito. No conseguía entender un ápice de sus palabras y eso me empujó a abandonar la silla y acercarme con sigilo al pasillo. El segundo motivo discordante fueron las lágrimas. Mamá lloraba en voz baja. Ella siempre lo hacía acompañándose de voceos y vajillas estrelladas contra el suelo de parquet del comedor, pero esta vez lloraba de verdad, como las heroínas de las películas, sin casi ruido y con unos gruesos lagrimones chorreantes que se detenían unos instantes en las bolsas ojerosas para descender rápidamente hasta la barbilla en un goteo incesante. Pero el tercer y más sorprendente indicio de peligrosidad fueron las palabras que pronunció antes de abandonarnos para siempre tras recoger sus bártulos y dirigir una mirada asesina a sus dibujos coloreados con tanto mimo por mí.
-Me marcho, Andrés, no puedo más. Los hombres no sois más que una panda de pretenciosos egoístas que sólo pensáis en vosotros -mascullaba, mientras recogía sus ropas y las embutía de cualquier manera en la maleta (ella siempre tan cuidadosa con sus trapos, como solía llamarlas).
–Lo siento por ti... Por los dos... -rectificó dirigiéndome una mirada lastimosa, cosa que me honró sobremanera al sentirme incluida en el paquete de abandonados y demostrarme que yo también contaba en aquella especie de curiosa familia que comenzaba a desmoronarse. –Pero ya empieza a ser hora que te ocupes de alguien más que de ti mismo. En cuanto a mí no sufras, a partir de ahora mismo empezaré a vivir. Y por si te asalta alguna duda al respecto, no hay otro hombre en mi vida desde que he descubierto que prefiero dormir abrazada a una mujer... Adiós, Andrés-. Y depositando un húmedo y perfumado beso en mi estupefacta mejilla derecha, se marchó dando un sonoro portazo..."

Y SEGUIMOS
"Jamás creí en los cuentos de hadas hasta el verano del 97 cuando papá decidió, tras la humillación por el abandono, alquilar una casa en la playa donde refugiarnos y llorar la pérdida como dos náufragos a la deriva.

Yo, sin embargo, considerando que había derramado ya suficientes lágrimas durante mis primeros años de existencia, decidí disfrutar de aquellas primeras vacaciones de verdad, cerca del mar y con un padre para mí sola.

Para otra niña que no fuese yo; habituada a la soledad y los largos silencios, los doscientos kilómetros que nos separaban de nuestro destino podrían haber representado un recorrido tedioso e interminable, más teniendo en cuenta que tardamos cerca de cinco horas en salvar una distancia que, en otras fechas y con el pié de mi padre clavado en la palanca del gas, hubiese quedado reducida a una hora y media. Pero a mí no me iban arruinar tampoco las vacaciones las enormes caravanas de coches amontonados en la autopista aquel día primero de Agosto. Así que maté el trayecto hojeando cómics, jugando con la Nintendo y dormitando a ratos.
De vez en cuando, el destello fulgurante del mar se vislumbraba a lo lejos y yo interrumpía mis quehaceres para contemplarlo y descansar la vista. Papá, a quien nunca se le había dado bien la conversación y menos con una niña de siete años, es decir yo, iba colocando CDS como un poseso que extraía de un montón que traía en la guantera del coche. A mí el sonido de algunos de ellos me molestaba un tanto, pero, por nada del mundo, se me hubiese ocurrido abstraerle de su música. Todavía no había suficiente química entre nosotros para tales muestras de confianza.

Con los primeros acordes del réquiem de Mozart llegamos al pueblo, y la casa nos recibió con las notas finales. Parecía una premonición. Mi progenitor había localizado la vivienda a través de Internet y lo que, en la fotografía, lucía como una residencia esplendorosa rodeada de jardín exuberante, resultó ser una modesta construcción de una sola planta envuelta en matojos resecos y árboles mal podados. La fruta de estos últimos yacía despanzurrada por el suelo, envuelta en nubes de moscas zumbadoras que se pegaron a nosotros en cuanto abandonamos el seguro refugio de nuestro vehículo..." CONTINUARÁ